Planear mi boda sonaba muy divertido, pero en cuanto empecé a organizarla, descubrí que no era tan simple. Además, experimenté cierta tensión y estrés con mi pareja. El "¿a quién invitamos, dónde nos casamos, cómo será el banquete...?" se convirtieron en el pan nuestro de cada día.
Por si esto fuera poco, nunca imaginé que para dar este paso necesitaba cumplir con tantos requisitos para la iglesia.
Todo comenzó cuando realicé la presentación con el padre de mi parroquia y me preguntó "¿por qué te quieres casar por la iglesia?".
Inmediatamente contesté, pero ahora sé que no respondí con el corazón.
Días antes, mi pareja nos había inscrito al curso prematrimonial, otro trámite al que, sinceramente, no le encontraba razón de ser. Pero no se trataba de una plática breve, sino de un curso de ¡tres días!
Sentí que era demasiado. ¿Qué tanto podían decirme? Yo estaba segura de mi decisión y eso era suficiente.
Con tan poco tiempo para organizar todo, lo que menos necesitaba era que alguien me diera un sermón. Además, este curso específico era famoso porque un alto porcentaje de las parejas que asistían acababan por no casarse. Lo único positivo era que un par de amigos nos lo recomendaron.
Llegó el día, arribamos puntuales al salón y vimos a otras 20 parejas. Eso me reconfortó.
Se presentaron los padres; eran dos. Uno de ellos era familiar para mí, porque es el que imparte la misa en la Parroquia de la Santa Cruz del Pedregal y es quien nos va a casar. El otro tenía fama de ser muy simpático.
Comenzaron a explicar los objetivos de forma muy amena. Nos dijeron que habrían dinámicas de pareja y algunas grupales, y que lo más importante era tratar temas que normalmente no se platican durante el noviazgo.
¿Por qué quieres casarte con él? ¿Cómo ser feliz en el matrimonio? ¿Cómo evitar la infidelidad? Éstas son tan sólo algunas de las preguntas que se plantearon.
¿Cuál sermón? Desde el primer día, las risas fueron el común denominador, claro, sin dejar a un lado la esencia del curso.
Curiosamente, ya no era la única escéptica. Varios de los presentes confesaron que los forzaron a ir, lo cual me hizo sentir mejor.
Esa noche, no lo podía creer, ya quería que fuera el siguiente día porque me estaba encantando el curso.
Desde temprano comenzaron las actividades, en las que hubo de todo: risas, reflexión, intercambio de ideas e incluso algunas lágrimas de felicidad. Más temas se montaron sobre la mesa, como familia, economía, carácter, estadísticas... en fin, muchos.
En ese momento noté por primera vez, desde que me dieron el anillo, que la prioridad era el "nosotros", y no la planeación de la boda.
La palabra matrimonio comenzó a ser el foco de mis pensamientos y poco a poco valoré la importancia que tiene tomar esta decisión.
En estos días se habla mucho del matrimonio. La mayoría ya no cree en él, es más, te dicen: "mejor ni te cases". Muchos se arrepienten, algunos le temen y huyen, unos cuantos te dicen que es maravilloso pero, en mi experiencia, son contadas las personas que han cumplido el "hasta que la muerte los separe".
Me queda claro que no será fácil, que habrá obstáculos y problemas, pero ahora siento que tengo herramientas para librarlos. En estos días, gracias al curso, encontré un significado desde mi interior.
La sociedad consumista hace creer que debemos cumplir con ciertas condiciones antes de dar el paso, como tener un departamento, un coche, un centro de lavado, una boda de ensueño, etcétera. Creemos que nuestra felicidad es igual a seguridad económica. Y este curso nos hizo ver que lo primordial es el amor, saber lo que quieres y la conexión con tu pareja.
Hoy, más que nunca, estoy segura de que casarme es la mejor decisión y es lo que quiero.
Las personas se preparan años para su profesión. Aprenden sobre música, derecho, economía, comunicaciones o deportes, y sin embargo, a situaciones tan relevantes como ésta, generalmente no le dan al aprendizaje el espacio que merece.
Para mi pareja y para mí, entre tanto ajetreo, fue el tiempo mejor invertido y un fin de semana inolvidable.
Lo más importante de esta experiencia fue darme cuenta de que casarte por la iglesia no es un simple trámite, sino un compromiso que va más allá de un "sí, acepto" frente al altar. Es entregarte por completo con la fe de la mano. Es compartir tu vida, formar una familia, superar cada reto y crecer junto con la persona que amas.
Desde temprano comenzaron las actividades, en las que hubo de todo: risas, reflexión, intercambio de ideas e incluso algunas lágrimas de felicidad. Más temas se montaron sobre la mesa, como familia, economía, carácter, estadísticas... en fin, muchos.
En ese momento noté por primera vez, desde que me dieron el anillo, que la prioridad era el "nosotros", y no la planeación de la boda.
La palabra matrimonio comenzó a ser el foco de mis pensamientos y poco a poco valoré la importancia que tiene tomar esta decisión.
En estos días se habla mucho del matrimonio. La mayoría ya no cree en él, es más, te dicen: "mejor ni te cases". Muchos se arrepienten, algunos le temen y huyen, unos cuantos te dicen que es maravilloso pero, en mi experiencia, son contadas las personas que han cumplido el "hasta que la muerte los separe".
Me queda claro que no será fácil, que habrá obstáculos y problemas, pero ahora siento que tengo herramientas para librarlos. En estos días, gracias al curso, encontré un significado desde mi interior.
La sociedad consumista hace creer que debemos cumplir con ciertas condiciones antes de dar el paso, como tener un departamento, un coche, un centro de lavado, una boda de ensueño, etcétera. Creemos que nuestra felicidad es igual a seguridad económica. Y este curso nos hizo ver que lo primordial es el amor, saber lo que quieres y la conexión con tu pareja.