Llegó el día, arribamos puntuales al salón y vimos a otras 20 parejas. Eso me reconfortó.

Se presentaron los padres; eran dos. Uno de ellos era familiar para mí, porque es el que imparte la misa en la Parroquia de la Santa Cruz del Pedregal y es quien nos va a casar. El otro tenía fama de ser muy simpático.

Comenzaron a explicar los objetivos de forma muy amena. Nos dijeron que habrían dinámicas de pareja y algunas grupales, y que lo más importante era tratar temas que normalmente no se platican durante el noviazgo.

¿Por qué quieres casarte con él? ¿Cómo ser feliz en el matrimonio? ¿Cómo evitar la infidelidad? Éstas son tan sólo algunas de las preguntas que se plantearon.

¿Cuál sermón? Desde el primer día, las risas fueron el común denominador, claro, sin dejar a un lado la esencia del curso.

Curiosamente, ya no era la única escéptica. Varios de los presentes confesaron que los forzaron a ir, lo cual me hizo sentir mejor.

Esa noche, no lo podía creer, ya quería que fuera el siguiente día porque me estaba encantando el curso.