Qué fácil confiamos en las personas, les creemos y nunca dudamos de su palabra, pero que difícil es creer y confiar en nuestro Dios, quien nos ha dado la vida y desea siempre lo mejor para nosotros.
He conocido mucha gente defraudada, hundidas en la depresión y el desespero, ya que la persona en que confiaban ciegamente les falló, no les cumplió, los engañó, los traicionó... Qué error tan grande poner nuestra confianza en un ser humano en lugar de aprender a confiar en nuestros Dios, que nos ama tanto, que siempre desea lo mejor para nosotros, hasta tal punto que se hizo hombre en la deidad de Jesucristo para venir a dar su vida por todos nosotros. Por lo tanto nunca nos engañará, nunca nos dejará solos y siempre estará a nuestro lado. Confiar en Dios es un mandamiento, es una orden, es la palabra de Dios.
Vemos en Proverbios 3, 5: "Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia, reconócelo en todos tus caminos y El enderezará tus veredas".
Confiar en Dios es creer que lo que dice es verdad, que cumplirá siempre con su palabra y siempre estará listo cuando lo necesitemos, confiar en El es someternos a su voluntad y ordenanzas.
Si analizamos nuestra vida vamos a encontrar que muchos de nuestros fracasos han sido porque no le creímos, no le confiamos, quisimos hacer nuestra propia voluntad y satisfacer nuestros propios deseos. Así nosotros como padres aconsejamos a nuestros hijos y nunca les deseamos el mal, esperamos que ellos confíen en nosotros y vemos que muchas veces no nos hacen caso y tienen que pagar sus consecuencias.
Confiar en El es obedecerle en todo sin reproche alguno y que cuando nos diga que no es no y cuando nos diga que sí es sí. Recordemos que sus pensamientos son más altos que los nuestros, nosotros solamente podemos mirar el presente, pero El conoce nuestro futuro y nuestro destino.
Confiar en El es ponernos en sus manos, en su plan, así nos parezca ilógico. Cuando nos diga que tenemos que perdonar a nuestros enemigos o a alguien que nos ha hecho mal tenemos que hacerlo y es mejor no analizarlo con nuestros propios sentidos, ya que nunca lo haríamos ni lo entenderíamos. Cuando nos diga que traigamos los diezmos a nuestra iglesia, que para muchos es locura, lo hagamos confiando en su palabra, sabiendo que es para nuestro propio bien. Como nos dice en Malaquías 3,10: "Traed los diezmos al Alfoli y haya alimento en mi casa; probadme ahora en esto"— dice Jehová de los ejércitos— "sino abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde". Como nos escribiera el Salmista que los que confían en Jehová son como el Monte de Sión, que no se mueve, sino que permanece para siempre.
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