Los niños perciben de forma extraordinaria las emociones de sus padres. (FOTO: Stockedphotos.com)
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-"En los ojos… Tú le pediste a Dios que yo tuviera el color de tus ojos".

-"Muy bien, pero mis ojos no son tan grandes como los tuyos y mis pestañas no son largas. En eso te pareces a papá. Así, tienes algo de los dos y tus ojos son más hermosos".

Entre risas, Alú empezó a tocarme los ojos y las pestañas y luego lo hizo con los suyos. "¡Sí, es cierto!", dijo.

-"También heredaste mis labios, y mis orejas… y qué bueno que tienes la nariz de tu papá", le comenté mientras rozaba con su dedito mi rostro.

-"¿Por qué, si la tuya es más divertida?", soltó con una mirada pícara.

-"¿Más divertida?", le pregunté sorprendida, "pero si la de papá es más bonita".

-"Nooo, mira, toca... ¿Ves?.. tiene una bolita divertida, se puede jugar con ella… me gusta tu nariz. ¿Por qué yo no tengo una bolita como la tuya?", dijo mientras me daba un beso en esa "bolita".

-"Porqué te tocaron mis ojos y mis cejas, traviesa, no se puede todo", le susurré mientras le hacía cosquillas.

Los niños perciben de forma extraordinaria las emociones de sus padres. Alú notó mi incomodidad y trató de curarme. Su beso estuvo envuelto en esa magia que tienen los besos de mamá, capaces de acabar con el llanto.

Es curioso: nos hemos preparado para formar la autoestima de nuestras hijas, para que se conciban como personas íntegras, seguras de sí mismas. Pero ellas me enseñaron que no basta con susurrarles al oído cada noche lo inteligentes y bonitas que son, entre una letanía completa de adjetivos que resaltan no sólo lo físico o lo intelectual, también lo emocional y lo espiritual; tampoco basta con ponerles límites y darles disciplina, con amarlas y rodearlas de afecto.