Los niños perciben de forma extraordinaria las emociones de sus padres. (FOTO: Stockedphotos.com)
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Aunque suene trillado, cuando estás embarazada no puedes dejar de imaginar cómo será y a quién se parecerá tu bebé. En mis dos embarazos quería que mis bebés tuviesen ojos grandes, como Alfredo. Y mis cejas, por favor.

Pero no mi nariz, no porque no me guste, sino porque no le gusta a muchos. Recuerdo diversos comentarios, desde mis primos hasta los de mis amigas. No es que sea terrible, me decían, simplemente no es perfecta. Cuando niña, yo miraba mi nariz y pensaba que aunque no era recta, combinaba con mi rostro.

El último cometario que recibí fue en España, hace unos diez años. Alguien me dijo que si no fuera por mi nariz pasaría por española. "¿Por qué?", pregunté. "Porque es nariz de indígena, de los indios de América". Fue un piropo, pues Carlos, mi amigo, admira los rostros indígenas, dice que son hermosos.

Con respecto a mis hijas, no sé si mis peticiones se escucharon, pero ambas tienen ojos grandes, lindos, y cejas delineadas. Y he suspirado aliviada porque no heredaron mi nariz.

"Yo no me parezco a mi papá", comentó un día Alú, la mayor, luego de que por enésima vez alguien le dijera que era igualita a él. Camy la secundó: "Alú es niña, no como mi papá; él es niño". Entendí su lógica y traté de explicarles porqué nos parecemos los papás y los hijos.

A Camy no le interesó mucho y se fue a jugar. Alú me dijo que ella era como su hermanita y que las dos se parecían a mí.

-"¿Sí? ¿Y en qué te pareces a mí?", le dije mientras la sentaba en mis piernas y nos veíamos con sonrisas cómplices.