Al fondo, el faro de Los Morrillos en Playa Sucia, Cabo Rojo, Puerto Rico. Foto: AP.
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“Recién estábamos viendo las ballenas desde el porche trasero de nuestra casa”, comentó Clifton Elgarten, un estadounidense de Washington que posee una casa en Rincón y viene con su familia seis veces al año. “Me gusta Rincón porque es como un pueblo, no un centro turístico”.

“Siempre existe el peligro de que desarrollen” la zona, agregó. Hace poco surgieron algunos condominios, “pero hasta ahora el pueblo no perdió su identidad y nos sentimos afortunados por eso”.

Nuestro grupo, que incluía personas de entre 11 y 60 años, se alojó en Villa Cofresí, que tiene solo 69 habitaciones pero es uno de los tres hoteles más grandes de Rincón. Ofrece una playa hermosa y habitaciones cómodas. Debe su nombre a Roberto Cofresí, un pirata del siglo XIX. De noche hay música en el restaurante y el bar. La gente juega al pool y reina un ambiente festivo. En el desayuno y en la playa se ven mayormente parejas y familias de Puerto Rico y Estados Unidos.

“El hotel es como mi casa”, expresó Celeste Crockett, quien desde hace seis años le escapa al invierno de Nueva York junto con su esposo en el Cofresí. “Cada vez que venimos nos quedamos más tiempo. Es un sitio apacible, muy bonito”.

Pegado al Cofresí, Coconut Water Sports alquila “paddleboards”, tablas parecidas a las de surf, en las que la persona va parada y se impulsa con un remo, a 15 dólares la hora.

Distintos caminos conducen a playas públicas. Un día mi hermana y los chicos se fueron a hacer paravelismo. Otro día alquilamos equipo de buceo por 10 dólares y fuimos a bucear a la playa Steps. En un pequeño negocio en el camino que lleva a la playa María arreglamos unas lecciones de surfing. Cerca de allí, un hombre vendía cocos por un dólar. Los abría con un machete y les colocaba un sorbete.