Recuerdo que cuando enojadísima le reclamaba a mi hermano lo injusto que había sido conmigo, muchas veces me quedaba sin argumento porque en vez de defenderse y justificar sus acciones, me callaba diciéndome, "sí, tienes razón, soy un insoportable... lo siento". En ese momento me sentía desarmada porque no tenía cómo continuar la pelea y mi papá me decía "otra vez te dejaron con el gallo en la mano".
Su refrán hacía referencia a las primeras peleas de gallos, donde los contrincantes sujetaban sus aves y las provocaban acercando sus picos. Pero si al soltarlos uno de los gallos se retiraba, la pelea era nula. En este caso, el gallo que se retiraba era mi hermano. Yo siempre iba con mis espuelas afiladas, preparada para herirlo o meterlo en aprietos, pero cuando él muy alegre aceptaba su culpa, me quedaba con mi gallo listo y alborotado.
Cada día enfrentamos situaciones similares en las que alguien viene a atacarnos porque hicimos algo que los afectó, ofendió o hirió. La mayoría de las veces tratamos de defender nuestras acciones en lugar de aceptar la responsabilidad que nos corresponde.
Tal vez no entregaste un proyecto a tiempo en tu trabajo, quizá olvidaste el cumpleaños de tu pareja o cometiste una injusticia, y en ese momento en vez de decir "lo siento, actué mal" pretendes justificar tus acciones con miles de excusas.
¡Cómo duele admitir que estamos equivocados! No obstante hay situaciones en las que es preferible decir "tienes la razón". Ponerte a la defensiva sólo le echa más leña al fuego. Cuando aceptas tus faltas, no sólo evitas que un conflicto se alargue y tenga mayores consecuencias, sino que la otra persona aumenta el respeto que siente por ti. La manera más sutil para aplacar a un contrincante es dejarle saber que estás dispuesto a asumir responsabilidad por tu comportamiento.
La próxima vez que seas confrontado con algo que hayas hecho mal, antes de refutar pregúntate lo siguiente: ¿Justificar mi error hará que prevalezca la paz? ¿Ganaré respeto al defender mi posición? Argumentar mi postura, ¿cambiará o mejorará el mal que ocasioné?
Si las respuestas a estas preguntas es no, entonces, es mejor que digas "lo siento, tienes la razón". De esta manera siempre dejarás al otro con el gallo alborotado.
Recuerdo que cuando enojadísima le reclamaba a mi hermano lo injusto que había sido conmigo, muchas veces me quedaba sin argumento porque en vez de defenderse y justificar sus acciones, me callaba diciéndome, "sí, tienes razón, soy un insoportable... lo siento". En ese momento me sentía desarmada porque no tenía cómo continuar la pelea y mi papá me decía "otra vez te dejaron con el gallo en la mano".
Su refrán hacía referencia a las primeras peleas de gallos, donde los contrincantes sujetaban sus aves y las provocaban acercando sus picos. Pero si al soltarlos uno de los gallos se retiraba, la pelea era nula. En este caso, el gallo que se retiraba era mi hermano. Yo siempre iba con mis espuelas afiladas, preparada para herirlo o meterlo en aprietos, pero cuando él muy alegre aceptaba su culpa, me quedaba con mi gallo listo y alborotado.
Cada día enfrentamos situaciones similares en las que alguien viene a atacarnos porque hicimos algo que los afectó, ofendió o hirió. La mayoría de las veces tratamos de defender nuestras acciones en lugar de aceptar la responsabilidad que nos corresponde.
Tal vez no entregaste un proyecto a tiempo en tu trabajo, quizá olvidaste el cumpleaños de tu pareja o cometiste una injusticia, y en ese momento en vez de decir "lo siento, actué mal" pretendes justificar tus acciones con miles de excusas.
¡Cómo duele admitir que estamos equivocados! No obstante hay situaciones en las que es preferible decir "tienes la razón". Ponerte a la defensiva sólo le echa más leña al fuego. Cuando aceptas tus faltas, no sólo evitas que un conflicto se alargue y tenga mayores consecuencias, sino que la otra persona aumenta el respeto que siente por ti. La manera más sutil para aplacar a un contrincante es dejarle saber que estás dispuesto a asumir responsabilidad por tu comportamiento.