Planear mi boda sonaba muy divertido, pero en cuanto empecé a organizarla, descubrí que no era tan simple. Además, experimenté cierta tensión y estrés con mi pareja. El "¿a quién invitamos, dónde nos casamos, cómo será el banquete...?" se convirtieron en el pan nuestro de cada día.

Por si esto fuera poco, nunca imaginé que para dar este paso necesitaba cumplir con tantos requisitos para la iglesia.

Todo comenzó cuando realicé la presentación con el padre de mi parroquia y me preguntó "¿por qué te quieres casar por la iglesia?".

Inmediatamente contesté, pero ahora sé que no respondí con el corazón.

Días antes, mi pareja nos había inscrito al curso prematrimonial, otro trámite al que, sinceramente, no le encontraba razón de ser. Pero no se trataba de una plática breve, sino de un curso de ¡tres días!

Sentí que era demasiado. ¿Qué tanto podían decirme? Yo estaba segura de mi decisión y eso era suficiente.

Con tan poco tiempo para organizar todo, lo que menos necesitaba era que alguien me diera un sermón. Además, este curso específico era famoso porque un alto porcentaje de las parejas que asistían acababan por no casarse. Lo único positivo era que un par de amigos nos lo recomendaron.