Nueva York — Andrea, —nombre ficticio—, nació en un país cualquiera al sur de Río Grande. Su historia, como la de muchas transexuales, comenzó a forjarse nada más tener conciencia de su realidad: ser una mujer encerrada en un cuerpo que no le correspondía, el de un varón. “Siempre sentí atracción por los chicos, pero no me consideraba gay”.
La transexualidad, aún hoy, implica un fuerte rechazo familiar y social: frente a los tímidos avances legales y, sobre todo, a la amplia visibilidad social de los gays, los transexuales se enfrentan muchas veces a la incomprensión dentro del hogar y de la comunidad, especialmente en la latina.
Su adolescencia corrió como la de cualquier joven, si bien sabía que había algo que no era igual. Pero no se amedrentó y luchó contra los prejuicios: “Los latinos son muy crueles; utilizan palabras que hacen mucho daño”. Tanto es así, que la tasa de suicidio de las personas transgender y transexuales es mucho más elevada. “Sufrí mucho, pero no pensé en quitarme la vida, me enfrenté con todo. Todo depende del carácter. De hecho, aún sigo sufriendo por mi condición, pero eso te hace fuerte para enfrentar lo que venga”.
Pese a su fortaleza, el ambiente familiar se volvió opresivo y abandonó su casa a los 15 años, no por maltratos físicos, pero sí por la incomprensión. Incluso hoy, la relación con algunos de sus hermanos no se caracteriza por la cordialidad. Resignada, pero orgullosa de sus decisiones, aclara: “Es su problema, no el mío. Si no quieren entenderlo, yo no puedo ayudarles”.
Andrea consiguió trabajo en el mundo de la hostelería, donde alcanzó puestos de responsabilidad que, sin embargo, abandonó por propia iniciativa.
Uno de los principales problemas de los transexuales es la dificultad a la hora de encontrar empleo, muchos se ven abocados al mundo de la noche por la discriminación social que padecen, y algunos, por extensión, se enredan en los paraísos artificiales de las drogas. Si bien Andrea decidió alejarse de cualquier sustancia ilegal, no pasó lo mismo con el mundo del sexo. Durante años ejerció como meretriz en su tierra natal, “el dinero me llevó, así empecé, aunque nunca me gustó”.
Oprimida en una sociedad machista que no la aceptaba, viajó a la frontera de Estados Unidos, “el país de la libertad”, para poder ser ella, para confundirse en la calle, para no ser señalada o mirada de reojo.
“Vine para ser yo misma, sin que me discriminaran, porque allí te ofenden las 24 horas”, menciona. Por eso pagó 3,500 dólares para cruzar por Tijuana.
Su historia es igual a la de miles de inmigrantes que arriesgan su vida en busca de un futuro mejor, pero su jornada conllevaba un riesgo añadido: sus documentos mostraban la identidad de un varón, mientras que ella era una mujer. Consiguió, no sin miedo y sufrimiento, traspasar esa línea que, teóricamente, la acercaba a una vida mejor. Y, en cierta medida, así fue.
“Aquí pude lograr muchas cosas que en mi país hubiera sido imposible. Lo paso bien, me siento mucho mejor”, declara tranquila, pese a que nuevamente debió recurrir a la prostitución como medio de vida al principio. Su máxima aspiración la consiguió al ser una más en la calle, al pasar desapercibida. Su voz muestra fortaleza, aunque cierto temor se percibe en su confesión: “Me dolería muchos el abandonar los Estados Unidos, porque aquí puedo ser yo. Aquí paso como la gente común, sin que te griten nada”.
Pero su felicidad no es completa. Cruzó la frontera pero no ha podido establecerse de forma legal en este país, por lo que vive atemorizada porque algún día podría ser deportada a ese mundo del que escapó: “Me gustaría vivir tranquila, no vivir con miedo todos los días; tener un trabajo digno, pero al ser transexual e ilegal no es posible”.
De hecho, si se aprobara una reforma migratoria, sus papeles reflejarían otra identidad. Pero la posibilidad de ser extraditada es algo que prefiere ni evalúa. “Todos los días sufro, tengo miedo de quedarme sin nada; tengo miedo a ser expulsada y tener que volver a mi país y empezar de cero, trabajando como prostituta”, indica.
Además, para ella el día a día se convierte en una carrera de obstáculos al que debe hacer frente. Hechos cotidianos que cualquiera realiza sin pensar pueden suponer una humillación para Andrea.
Algo tan simple como pagar con tarjeta de crédito es un trago amargo por el que debe pasar, pues cuando le exigen un ID ven que “no soy yo”. Lo mismo ocurre cuando va a una discoteca o incluso cuando tiene que viajar en avión. Simples actos que no le dejan de recordar continuamente su situación. Para aliviar este daño, ha recurrido a un documento falso pero “es horrible, es lo peor, el tener que mentir sobre tu persona”.
Por eso en algún momento pensó en viajar a España, donde los derechos de los transexuales están reconocidos y se permite el cambio de identidad en los documentos oficiales, pero los costes y la situación económica española la desalentaron.
Si su batalla por defender su dignidad como persona no fuera suficiente, Andrea ha tenido que soportar la marginación dentro de la comunidad homosexual, especialmente la latina. Con un cierto matiz de incredulidad explica: “También existe discriminación en el mundo homo. Se da sobre todo dentro del mundo latino, no tanto en el anglo. Muchas veces lo que hacen es tratarme de “él” para ofenderme”.
Sentada a una mesa, mientras toma un café, saborea el placer de ser una más, disfrutando de su anonimato en medio de la jungla humana que es Nueva York, una ciudad que le ofreció la posibilidad de confundirse con el resto, pero que no ha podido aún quitarle la coraza que se construyó para protegerse de las agresiones que no quisiera volver a sufrir.