Pobres aquellas personas que tienen que oír, "Si de verdad me quieres y quieres verme feliz, tienes que ser como yo quiero". O también cuando dicen: "Cambiamos un poco cada uno y todos felices".

Muchas veces pedimos a nuestra pareja que cambie para hacernos felices y que se adapte a lo que nosotros necesitamos y deseamos. Esto representa perder la identidad y no se consigue el resultado esperado.

En el momento que somos "flechados", aunque no conozcamos al otro, proyectamos en él nuestras ilusiones, deseos y fantasías. Nuestra imaginación vuela y no necesariamente coincide con la realidad. Nuestra sexualidad y el deseo también acompañan estos vuelos imaginativos. La sexualidad está a flor de piel y muy activa. Pero a medida que nos vamos conociendo, se descubren las posibilidades y límites de la relación. Se produce también una lucha por el poder, peleamos por ver quién se somete y quién es sometido. La sexualidad se condiciona y sus niveles de expresividad cambian.

Pensar que la situación, cuando llega a este punto, no tiene arreglo, nos coloca frente a la terrible angustia que conlleva la separación.

Entonces, hacemos todo para que el otro cambie. Pedimos, manipulamos, nos enojamos, lloramos, rogamos y amenazamos. Aquí es donde comienza la absurda historia de permitirle a otro que me diga cómo debo ser, y de exigirle a los demás que funcione de acuerdo a como yo necesito.

Definitivamente, solo el aprendizaje de la convivencia puede salvar la relación; aprender a negociar, a compartir roles, a aceptar las diferencias, a resolver las dificultades y conflictos.

Es el momento de darse cuenta de que el error no está en mi pareja, sino en mis expectativas.