Aunque a quien las vive les cuesta entenderlo, las crisis no son catástrofes sino procesos mediante los cuales se va entretejiendo la vida humana. Foto: Photos.com
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Reportaje especial EFE — Marta se acerca a los cuarenta años de edad y siente que su relación de pareja no la satisface como antes. En realidad es ella la que ha cambiado: ahora no soporta depender de la autoridad y la aceptación de otra persona.

Pero su compañero no acepta este proceso de maduración y pronto surgen el malestar y los conflictos. El equilibrio se ha roto y todo está cambiando.

Marta está sufriendo una crisis, un profundo cambio en su vida, que no sabe a donde la conducirá, pero que la mantiene sumidad en la zozobra.

El nacimiento de un hijo o una nueva etapas en su desarrollo, la formación de una nueva pareja, la llegada de la jubilación, la muerte de un ser querido... Son sólo algunos ejemplos que pueden provocar un cambio en la escala de valores. Las situaciones que pueden ocasionar una crisis son, pues, innumerables.

Las crisis personales, vitales o existenciales, implican cambios que suponen dejar la seguridad de lo conocido, ya sea negativo o positivo, pero también una ocasión para desarrollar nuevas alternativas de vida. Se viven como algo angustiante, pero son normales y la cuestión es: ¡Hay que saber afrontarlas!.

Aunque a quien las vive les cuesta entenderlo, no son catástrofes sino procesos mediante los cuales se va entretejiendo la vida humana.

Según el doctor Emmet Miller, experto en tensión vital de EE.UU., “en chino la palabra crisis se representa con dos caracteres que, por separado, significan peligro y oportunidad. Cada problema que encontramos en la vida puede contemplarse como una ocasión para demostrar que podemos hacerle frente”.

“Cambiar el modo de ver las cosas puede transformar una vida de tensión e incomodidad en otra de retos y emociones”, sugiere.