Todos los eventos importantes que se registran a lo largo de nuestra vida, se convierten en el escenario ideal para el organismo haga de las suyas y ponga todas sus funciones al máximo de rendimiento; el embarazo es uno de estos episodios que logran que la mente se ejercite reviviendo el pasado, disfrutando del presente y planeando el futuro. Además, el cuerpo se prepara a fin de cubrir las necesidades propias de la madre y también las del ‘nuevo inquilino’. 

Por otro lado, se adjunta el estrés propio de la vida cotidiana, el que se genera debido al trabajo o a las ocupaciones dentro del hogar, lo cual en conjunto puede ocasionarte una preocupación mayor: Tanta presión, ¿dañará a mi bebé?

Y aunque en la actualidad conocemos mucho acerca de los efectos del estrés, también es una realidad que no es tan negativo como a veces parece, incluso, puede convertirse en un valioso aliado, siempre y cuando se haga un manejo adecuado de él. 

La línea entre lo bueno y lo malo

Como explican Heidi M Murkoff, Arlene Eisenberg y Sandee H. Hathaway, autoras del libro Qué esperar cuando se está esperando, Editorial Norma: “Dependiendo de cómo lo manejamos y respondamos a él puede ser bueno para nosotros (provocando que rindamos más, que funcionemos con mayor eficacia) o puede ser malo (cuando está fuera de control, desbordándonos y debilitándonos). Si el estrés de trabajo hace que una mujer trabaje con una eficacia máxima, la excita y la desafía, no deberá ser dañino para su embarazo. Pero si la hace estar ansiosa, insomne o deprimida, o si hace que experimente síntomas físicos (tales como jaquecas, dolor de espalda o pérdida de apetito), si podrá serlo. De hecho, las investigaciones indican que el estrés prenatal maternal extremo y las hormonas del estrés que produce, incrementan el riesgo de un parto prematuro o de bajo peso del bebé al nacer”.