Una noche de primavera de 2005 me encontraba sentado en el patio de mi casa leyendo el periódico cuando apareció frente al portón de entrada una amiga de la familia. La invité a pasar y le ofrecí un café. Me dirigí a la cocina y cuando salía de ésta con la bebida caliente para mi invitada, recordé que en el refrigerador había un pastel. Sin prender la luz, me dirigí al refrigerador y cuando me disponía a cortar una generosa porción para mi visitante, las luces se encendieron y mi esposa con una cara de terror absoluta apenas atinó a balbucear un lastimero "no puede ser".
La escena no tendría nada de peculiar de no ser por el hecho de que sólo un par de días antes había yo recibido el alta de un hospital con el recién estrenado título de diabético tipo 2. Como es obvio y normal en estos casos, yo me había dado suficientes golpes de pecho y había prometido a mi familia no volver a caer en la tentación de la gula. Y allí estaba yo tarde en la noche, a oscuras, con alevosía, ventaja y con el cuchillo en la mano, dispuesto a darle rienda suelta a mi pecado. Yo sólo atiné a decir que las cosas no eran lo que parecían, cual cónyuge infiel atrapado en el acto.
La anécdota puede parecer graciosa y de hecho lo es. Pero la enfermedad detrás de la historia no lo es. No lo es en absoluto. La cruda realidad es que la diabetes es una enfermedad que mata por capítulos, a pedacitos, sin prisa, con saña y en silencio. Aparece sin dejarse notar, hasta cuando ya los síntomas son demasiado evidentes y a partir de ese momento sólo hay dos caminos: cuidarse con disciplina espartana o irse muriendo por partes.
Si el individuo es capaz de llevar una vida ordenada a través de una dieta carente de azúcares refinadas y baja en carbohidratos, con una rutina de ejercicios diarios que contribuyan a combatir el sobrepeso y tomando las medicinas prescritas por el médico, las posibilidades de llevar una vida normal son del 100%. Si el diabético es incapaz de asumir la responsabilidad de cuidarse y controlar sus niveles de azúcar en la sangre, el proceso de deterioro es lento pero seguro. Los niveles altos de glucosa irán poco a poco destruyendo todos y cada uno de los órganos del cuerpo humano.
Primero comenzarán los problemas circulatorios y con ellos vendrán las fallas renales, la ceguera, problemas al corazón, impotencia, y la inminente posibilidad de que sea necesario amputar dedos, manos, pies, piernas, etc. Ese será el comienzo del fin de una enfermedad dolorosa e irreversible.
La mala alimentación, el sedentarismo, el sobrepeso y la pobreza han contribuido a que esta enfermedad se ensañe con nuestra comunidad.
La necesidad de que ambos padres contribuyan al presupuesto familiar ha generado que al llegar a casa, tarde en la noche recurramos a comidas rápidas altas en grasas, harinas y azúcares no refinadas para saciar el apetito de niños y adultos, matando la posibilidad de una dieta balanceada y saludable.
Esa misma carencia de tiempo y de dinero han provocado que los niños y adolescentes tengan que recurrir a la televisión y a las computadoras como medio de entretenimiento, en lugar de realizar actividades físicas al aire libre y deportes. La suma de estos dos factores han provocado una epidemia de obesidad. Y de ello a la diabetes hay un solo paso.
Quiero aprovechar esta oportunidad para autofelicitarme por mi tercer aniversario como diabético controlado y para recomendarle a los amables lectores que es imperativo que se corra la voz en nuestra comunidad de los riesgos y peligros que representa la diabetes y de la necesidad de que sin dilación comencemos el proceso de cambiar nuestros hábitos alimenticios, realizar actividades físicas rutinariamente y educar a nuestros hijos sobre los beneficios de cambiar nuestra dieta y abandonar el sedentarismo.
No hay otro camino para evitar la terrible pandemia que puede representar la diabetes en los próximos 50 años y el tiempo de iniciar los cambios es hoy. No lo haga por usted sino por su familia.
Jorge Delgado escribe desde Irvine, California. jorgemardelgado@hotmail.com






