Dicen que cada persona lleva un secreto a cuestas. A Tracy Poirer, lo último que desearía que se supusiera de ella es que lleva 20 años convicta por un asesinato; a José Álvarez tampoco le gustaría que se conociera que vivió preso de las drogas y el alcohol. Sin embargo, han sido esos oscuros detalles los que han vuelto especial el trabajo de estos dos pintores.
Desde la cárcel, los murales de Tracy han logrado que los ojitos de decenas de niños que visitan la prisión de mujeres de Chowchilla, dejen de posarse en los gruesos alambres de púas que rodean a sus madres, para distraerse con gigantescas jirafas o brillantes delfines que Poirer ha pintado para ellos.
"En el encierro es difícil encontrar inspiración, pero luego los veo a ellos [los niños], y es como si mis manos me pidieran pintar más, para alegrar sus vidas que ya están tan dañadas", platica Tracy, mujer de voz tranquila que ha logrado traer el azul del mar y el verde de la selva hasta dos pequeños cuartos, no mayores de un salón de clases, donde madres reclusas y sus hijos pueden convivir alejados del triste gris de la prisión.
Lejos de esa cárcel, para José Álvarez la pintura también ha sido una llave hacia la libertad, no de una cárcel, sino del vicio de las drogas y el alcohol.
De niño, su única diversión fueron los trazos que aprendió a dibujar con su padre en los parques públicos de Los Ángeles, cuando éste no estaba borracho en algún bar.
Dominado por la pobreza y la dureza del barrio de Echo Park, José se rindió ante el vicio, vivió en la calle, robó y, durante años, los pocos dibujos que hacía en sus momentos de lucidez fueron únicamente apreciados por drogadictos y pandilleros que, como él, vivían para el vicio.
"Nada me importaba, sólo buscar dinero para drogarme. Me olvidé de pintar, me olvidé de todo", platica.
Ayudado por una mujer desconocida que lo recogió cuando lo vio deambular borracho por las calles y que años más tarde sería su compañera fiel, hoy las pinturas estilo chicano de José —llenas de colores en una mezcla de dolor y alegría— han pasado de las manos de los pordioseros a las de importantes coleccionistas de arte.
DE LA OSCURIDAD A LA LUZComo sus pinturas, las vidas de Poirer y Álvarez han estado llenas de matices, desde los tiempos más oscuros, hasta los más luminosos momentos.
Poirer fue convicta por participar en el robo y asesinato de un hombre en Massachusetts, en 1998. Diez años después logró escapar de la cárcel de Oregon, donde estaba presa.
Su compañera de huida fue una mujer que se desempeñaba como guardia de la prisión y que terminó enamorándose de ella.
Al poco tiempo, las amantes fueron aprehendidas y separadas. Poirer fue a parar a la cárcel de mujeres de California, la prisión de más alta seguridad de todo el país. De su pareja ya nada se supo.
Han pasado casi 10 años desde esa fugaz escapatoria. Poirer sabe muy bien que desde la cárcel sus murales no serán apreciados por grandes curadores de arte, pero le basta saber que decenas de niños dirán "¡Wow!", cada vez que vean una nueva imagen pintada por ella en la prisión.
"Todos necesitamos algo de qué sujetarnos para luchar. En mi caso, la libertad me la da el arte. Me ayuda a valorarme y sentirme que aún soy útil para la sociedad", dice Tracy, quien desde su celda gris sueña con seguir iluminando vidas.
En la distancia, José comparte el sueño.





