Pese a la cariñosa y a la vez ruda insistencia, no hubo poder humano que hiciera que ‘El Negro’ subiera al auto cuando el pasado viernes 29 de agosto Juan Torres y su familia decidieron huir del huracán Gustav y emprender camino de Beaumont a San Antonio.
"Estoy muy preocupado por él", dijo Torres, estudiante de 15 años al referirse a lo único valioso que había dejado en casa. Su perro pastor alemán de tres años de edad. "Es muy desobediente, corrió y se quedo. No lo volvía ver".
‘El Negro’ no quiso subir a uno de los vehículos en los que Torres y otros 12 miembros de su familia —entre ellos dos niños— recorrieron por más de 13 horas un camino que usualmente les tomaría mucho menos.
"Le dejamos mucho comida y sé que agua no le iba a faltar, pero aún así no sé que ha sido de él", explicó Torres, quien esperó por cinco días a que el huracán Gustav terminara de golpear la costa del Golfo de México, sobre todo Luisiana y el este de Texas.
Al final, los daños causados por Gustav no alcanzaron el nivel de pesadilla de Katrina ni Rita, que azotaron en 2005. Rita golpeó a Beaumont y Port Arthur, Texas, fuertemente en esa ocasión.
Los Torres fueron hospedados en uno de los gimnasios habilitados como dormitorios de la Legacy Middle School al este de la ciudad. Ése es uno de los siete refugios que en total se instalaron en San Antonio para atender a los evacuados.
De acuerdo con las autoridades bajo la amenaza de Gustav se habría dado atención a 968 evacuados, la mayoría procedentes de Beaumont y Port Arthur.
Eso sin contar a los que habrían llegado a casa de familiares y hoteles. Para el martes cuando el huracán se degradó a depresión tropical sólo quedaban 393 evacuados en la ciudad.
Al iniciar el éxodo y mientras se apilaban los camastros y cobijas en el refugio y los dormitorios lucían cada vez más vacíos, las caras de preocupación sobre lo dejado atrás y lo que encontrarían al emprender el camino de vuelta empezaban a aflorar entre la gente.
"Me preocupa mi casa y la comida que se quedó en el refrigerador, pues hubo días que no hubo luz. No sé que voy a encontrar y en qué condiciones", dijo Jaime Doblón, jardinero evacuado de Port Arthur antes de emprender el regreso junto a otros 20 familiares.
"Debido al tráfico hubo tramos en los que viajamos a 10 millas por hora. Estuvo realmente muy pesado. No poníamos el aire para no gastar tanta gasolina, sólo espero que el regreso no sea igual, pues para los niños fue una tortura", dijo José Herrera, ayudante de soldador de Port Arthur, quien viajó con 27 familiares, entre ellos cinco niños, la menor su hija de dos meses.
Según voceros de la oficina del Centro de Operaciones ante Emergencias (EOC), se desconoce aún cuánto dinero le costó a la ciudad las labores de ayuda realizadas, para las autoridades el balance de Gustav fue positivo.
"Estamos muy contentos. Al visitar los refugios la gente parecía feliz con la atención recibida. Con Katrina no fue así", dijo Phil Hardberger, alcalde de San Antonio en una conferencia de prensa el lunes 1 de septiembre en la que indicó que el presidente George W. Bush, quien visito la ciudad, les había felicitado por el trabajo realizado.
"Ahora estamos más organizados" que en 2005, indicó Hardberger. En Port San Antonio, que funcionó como centro de operaciones, más de 600 autobuses se apostaron a la espera de ser utilizados para distribución de evacuados y más de 500 personas —entre personal y voluntarios— trabajaron en la atención de los afectados.
Con la tormenta ya lejos en el horizonte y con las cajuelas a tope de pertenencias, en cada auto que abandonaba el refugio existía una familia con una preocupación distinta.
"No sé nada de mi esposo y mi hijo que se fueron hacia Austin. Confió en que están bien, pues las malas noticias llegan rápido, pero al llegar a casa toca ponerse en contacto con la familia y ver cómo están todos", dijo Evelyn Zamora, de 56 años, ama de casa y procedente de Port Arthur.
"No me alegro de lo que pasó, pero espero haya mucho trabajo para poder tener dinero y cubrir los gastos del viaje", dijo Cándido Rodríguez, de Port Arthur, reparador de techos que viajó con su esposa y sus tres hijos, la mayor de 7 años y el más chico de un mes y no tenía dinero para pagar la gasolina del regreso.
"Gracias a Dios Gustavo no pegó tan duro. Nosotros sin poder ir a trabajar y acá nos han dado comida y un lugar donde dormir, eso es mucha ayuda", dijo Tamara Torres, de 40 años, panadera y madre de Juan. "Ahora sólo falta encontrar al Negro".
Para muchos evacuados, el viaje de regreso a sus hogares ya comenzó.









