BERLIN, Alemania.— Dio perfectamente todas las notas, su voz tuvo la calidez y potencia que le son características. Su técnica sigue siendo impecable.
Hay un pero.
Parece que ni el trabajo duro ni la fuerza de voluntad pueden transformar a Plácido Domingo en barítono, la tesitura para la que Giuseppe Verdi escribió el papel principal de su ópera Simon Boccanegra.
Y ese problema se volvió evidente el sábado por la noche, cuando el legendario tenor español cumplió un sueño largamente acariciado, al actuar por primera vez como el Duque de Génova, en una nueva producción del Staatsoper Unter den Linden de Berín.
Pese a su determinado esfuerzo por oscurecer su voz y darle un mayor peso a su registro más bajo, hay poco que pueda hacer Domingo para modificar la colocación natural de su voz. Por ejemplo, cuando un barítono canta las notas más agudas en la gran escena de la Cámara del Consejo, la presión de la voz, al llegar al límite de las notas más altas en las que el cantante puede sentirse cómodo hace que la interpretación sea emocionante.
Para un tenor como Domingo, esas notas son simplemente demasiado fáciles.
En el otro extremo, logró dar algunas notas bajas de muy buena forma, cuando se concentró cuidadosamente. Pero en los pasajes que le pedían bajar repentinamente, el sonido de la voz fue notablemente más delgado. Tanto en su dúo con Amelia, la hija perdida durante años en el primer acto, como en el trío cuando se une la prometida Gabriele Adorno en el acto siguiente, la línea vocal de Domingo fue opacada por las demás.
En lo dramático, Domingo resulta creíble en el personaje, que comienza la ópera como un joven marino, envejece 25 años para la segunda escena y tiene que mostrar tanto liderazgo político como ternura paternal. Si a esas exigencias se añade una muerte por un veneno de efecto lento, se tiene que el personaje está hecho a la medida para un actor de talento tan enorme como el que tiene Domingo.









