MADRID, España (EFE).- La pujanza del vibrante pulso latino en Hollywood da un paso más en "Sin nombre", donde el cineasta estadounidense Cary Joji Fukunaga emula a la escuela de Iñárritu y Meirelles con coraje, pero con demasiado convencionalismo en su retrato de las bandas juveniles centroamericanas ("maras").
Así, como si fuera un juego de buscar las siete diferencias, es fácil encontrar varios intrusos que se cuelan entre la frescura y el brío que emparentan a "Sin nombre" con títulos como "Amores perros" o "Ciudad de Dios".
Están relacionados, casi siempre, con la ingenuidad, con el tópico y la visión externa de un conflicto complejísimo, pero quizá sobre todo con la idea de facilitar las visión de la cinta aunque para ello haya que devaluarla.
La película es un notable proyecto de fin de carrera del debutante Cary Joji Fukunaga, al que nadie puede negar la honradez como cineasta, tras viajar desde Honduras hasta Estados Unidos junto a 700 emigrantes para poder meterse en la piel de los que serían sus futuros personajes.
Pero como ha sucedido con tantos filmes, la corrección no es suficiente cuando un festival como Sundance se rinde a sus pies con el premio al mejor director y, después de esto, Universal decide posicionarla de cara a los Óscar.
Es entonces cuando "Sin nombre" requiere una visión más exigente y menos benevolente con las trampas, la ingenuidad y la tipificación que contiene esa relación entre una emigrante hondureña y El Casper, un pandillero con dilemas morales que lleva tatuada una lágrima en la mejilla.
Mientras Gael García Bernal y Diego Luna en la producción vinculan el proyecto a ese cine que muerde el polvo y lo escupe en la cara del espectador, Hollywood pasa la escoba al cine-denuncia y esconde sus miserias más punzantes bajo la alfombra de la historia de amor a lo "Romeo y Julieta" trasladado a las "maras" que se lucran del tráfico de emigrantes en la frontera con Estados Unidos.







