Las juezas Faviola Soto y Betty Calvo-Torres se abrazan al ver el resultado del largo proceso, ambas participaron de una actividad organizada por Latino Justice. (FOTO: AP)
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Los dos aprovecharon los esfuerzos de Celina Sotomayor, una enfermera que trabajaba seis días a la semana y que ha vivido para ver a uno de sus hijos convertido en médico y a la otra en juez del Tribunal Supremo.

Para la nueva magistrada del Supremo, su madre es la inspiración de su vida, la persona a la que debe todo lo que es y alguien ante quien se sigue sintiendo pequeña.

"Soy sólo la mitad de la mujer que ella", dice en ocasiones la magistrada, a quien de niña le gustaba leer las aventuras de la joven detective Nancy Drew y seguir la serie policiaca de televisión Perry Mason, personajes a los que ella aspiraba a imitar.

El problema es que Sotomayor fue diagnosticada con diabetes a los ocho años. Le informaron que las personas con su dolencia no podían ser policías ni investigadores privados.

Esas advertencias no desalentaron a la magistrada que logró, gracias a su talento, perseverancia y el apoyo familiar, obtener una beca para estudiar en la prestigiosa Universidad de Princeton, donde se graduó "summa cum laude". Tras Princeton, se licenció en la Escuela de Derecho de Yale.

Poco después comenzó a trabajar en la oficina del fiscal de distrito de Manhattan, bajo la batuta del mítico Robert Morgenthau, un puesto que ocupó entre 1979 y 1984.

Ese año, George Pavia, un abogado que representaba a Fiat y otras empresas italianas, la fichó para trabajar en el sector privado.

En 1991 dio otro paso adelante, gracias al presidente George H.W. Bush, que la nominó para ser jueza de distrito en Manhattan, un puesto para el que fue confirmada un año más tarde y que la convirtió en la primera jueza federal hispana en Nueva York.