Las juezas Faviola Soto y Betty Calvo-Torres se abrazan al ver el resultado del largo proceso, ambas participaron de una actividad organizada por Latino Justice. (FOTO: AP)
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WASHINGTON, D.C— Sonia Sotomayor trepó a la cima del poder judicial de EEUU al ser confirmada por el Senado como la primera juez hispana del Tribunal Supremo, con lo que corona una carrera de obstáculos que empezó en el barrio neoyorquino del Bronx.

Sotomayor es, además de la primera persona hispana, la tercera mujer en ocupar uno de los nueve puestos vitalicios de la máxima instancia judicial del país.

La magistrada describió la distinción como el "mayor honor" de su vida cuando fue propuesta para el puesto en mayo pasado por el presidente de EEUU, Barack Obama.

La modestia es, según los que la conocen, uno de los rasgos distintivos de esta magistrada, que pese a su brillante trayectoria profesional nunca ha perdido de vista sus orígenes.

Así lo recordó el propio Obama en mayo, quien tras referirse a los logros académicos y profesionales de la juez de 55 años, insistió en que Sotomayor "nunca se olvidó de dónde empezó y nunca perdió el contacto con la comunidad que la respaldó".

Durante las audiencias del Senado, que no fueron nada fáciles, Sotomayor demostró que no pierde los nervios y que es, ante todo, una mujer ponderada, de hablar pausado y mente bien ordenada.

Nacida en el seno de una familia puertorriqueña, Sotomayor se quedó sin padre a los nueve años.

Su madre, Celina Sotomayor, asumió las riendas del hogar tras la muerte de su esposo y se encargó de criar a sus dos hijos, a los que inculcó la idea de que el trabajo duro y la educación eran la mejor forma de progresar en la vida.

De ahí que les comprara la única enciclopedia del barrio y costeara sus estudios en una escuela católica, convencida de que equipados con los conocimientos necesarios sus hijos podrían llegar tan lejos como quisieran.