El pasado 24 de junio Daniel Guadrón se graduó de la secundaria Trenton Central, de New Jersey. [Fotos: AP]
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Lo que no entendía es por qué le hacían pagar a él por los errores de otros. Después de todo, él tenía un número de Seguridad Social y permiso para trabajar y estudiar mientras sus padres resolvían sus cosas.

La madre lloraba cuando hablaban por teléfono y le prometía que haría todo lo posible por lograr su liberación.

Con el correr de los días y las semanas, comenzó a desesperarse. Extrañaba sus partidos de futbol, sus libros, a su madre.

Su familia no lo visitaba por temor a ser detenida.

Todo en la prisión le parecía inhumano, surreal. Lo que más lo estremecía era la falta de esperanzas que percibía en la gente.

La gente iba y venía. A cada rato desaparecía alguien, seguramente deportado, y llegó a temer que él también podría ser enviado de vuelta a Guatemala.

Su compañero de celda, Malcolm Ikolo, del Congo, se deterioraba rápidamente. Lucía pálido, bajaba de peso. Tenia 37 años y estaba casado con una estadounidense, pero de todos modos lo detuvieron y llevaba dos meses peleando para no ser deportado.

Ikolo le recomendó que no se dejase estar. "Eres joven e inteligente.Saldrás adelante si te mantienes ocupado y saludable", le dijo.

Le hizo caso y comenzó a hacer ejercicios con su amigo congolés. Practicó francés y se hizo muy popular entre los demás reos porque oficiaba de traductor. Ensayó yoga. Aprendió breakdance y deleitaba a los demás con sus movimientos.

Incluso el personal del centro de detención se encariñó con él.