Jorge Mario Paredes Córdova llega a Miami el 1 de mayo de 2008, después de ser capturado en Honduras. Foto: Cortesía DEA
1/2

León también aprendió de mala manera. Presionado por El Gordo, debió corretear al “Profe” (por ser quien los presentó a ambos) para que respondiera por el pago de $2.2 millones que se demoraba en enviar. En realidad, había entregado el dinero a la DEA. Era el tercer pago que le habían confiado guardar, y que el Profe —sin parpadear— entregó a los agentes que lo seguían como su sombra.

León, desesperado y temiendo morir a manos de la gente de “El Gordo” en Guatemala, telefoneó al “Profe” de dos a cinco veces diarias en las siguientes dos semanas. Pero “el Profe” se le esfumó, no sin antes de decirle a León, Lico y a Otto que la policía había confiscado la camioneta en la que ocultaba el dinero. Ante aquello, El Gordo exigió pruebas. Quería ver recortes de periódico con la noticia, o algún reporte policial.

Al “Profe” se le estaba terminando el oxígeno cuando la DEA urdió el placebo perfecto: documentos falsos; fingir el decomiso del dinero le compraban al “Profe” unos minutos más. Pero no era fácil. El Gordo ya desconfiaba y, por añadidura, también León. Cuando “el Profe” esperaba un número de fax para enviarle los documentos, León (a instancias de “El Gordo”) le envió a un emisario hasta Manhattan: Julián. El 19 de marzo, en un restaurante de Queens, “el Profe” entregó los documentos a Julián, observado y escuchado por la DEA. “El Gordo” mordió el anzuelo. Pero faltaba un cargamento que el “Profe” debía llevar de Nueva Jersey a Manhattan (que la DEA tenía en su poder): El remanente de los 265 kilos que fingió recibir en enero. Esta vez, León (responsabilizado del problema por El Gordo) también envió a otro emisario: Miguel.