Tercero de cuatro
Ciudad de Guatemala, Guatemala — No te confíes ni de tu sombra…
En 2003, en Nueva York, el “Profe” tenía a todos en sus manos. Desde Chicago, “Lico” le pedía contactos con bodegueros para guardar cargamentos. Desde Guatemala, “León” lo conectó telefónicamente con “El Gordo”, uno de los capos en ese país.
“El Gordo” le enviaba a “toda la familia” (grandes alijos) y le encomendaba el cobro de los miles de dólares que se pagaban por la droga en Nueva York. “Otto”, hermano de Lico, lo llamaba también desde Guatemala para enviarle a los “muchachos del banco” (cobradores). Mientras tanto, “Jeto” le avisaba que estaba por “subir” (de México a EE.UU.) “con unas muchachas muy bonitas” (kilos de droga de alta pureza). Y desde Miami, “El Mono” le pedía contactos con compradores para vender mercancía recién llegada. Ninguno sospechó que mientras hablaban, el “Profe” ya jugaba para otro equipo: la DEA (la Administración Antidrogas federal).
En 2002, sólo por Guatemala pasaban unas 200 toneladas de cocaína al año rumbo a EE.UU., sin contar otras rutas, según estimaciones de la Sección de Asuntos Narcóticos de la Embajada de EE.UU. en ese país. Ese año, en EE.UU. la policía sólo incautó la tercera parte de esa cantidad. En Guatemala la policía sólo retuvo el 1%.
La DEA reaccionó y obtuvo la autorización judicial para al menos 50 escuchas telefónicas y el uso de informantes en diez estados. En 2003, Nueva York fue uno de ellos.
El primer pez mordió el anzuelo entre la 8ª avenida y la calle 34, cerca de Penn Station, en Manhattan, en enero de 2003. Ocurrió en una reunión para hablar de 265 kilos que “El Pingüino” transportaba desde Pensilvania hasta Nueva York cuando la policía lo interceptó en el camino. Eso no lo sabía “Pipiolo” cuando llamó al “Profe”, quien en un juego de póker verbal le hizo creer que sí recibió la carga. Lo mismo hizo con un sujeto que se reunió con él cerca de la intersección mencionada, bajo los ojos vigilantes del Departamento de Justicia.
Hasta 2002, “el Profe” era uno de los acusados en el caso 03 CR 987, donde constan estos datos. Una oferta de colaboración le permitió brincar la cerca, esperando aterrizar sobre una condena benévola. La fachada duraría cerca de tres meses. Uno a uno, “el Profe” fue halando a sus confiados socios hasta la garganta de la DEA. Hábil. Siguiendo las reglas de su propio juego, embaucó casi a todos.
Usó seis teléfonos celulares facilitados y pinchados por la DEA. Cuando “Lico” lo llamó para cobrarle $2 millones de “El Gordo” (que “el Profe” envió a México), y otros $150 mil de Jeto (una deuda desde 2002), del otro lado del auricular lo escuchaban tres personas en Nueva York: “el Profe” y dos agentes de la DEA, que luego filmaron y grabaron a “Lico” y al “Profe” reunidos en un restaurante en Queens.
El pez por la boca muere…
El 22 de febrero de 2003, Lico esperaba un cargamento que Jeto enviaría desde México, pero todavía tenía almacenados otros 1,400 kilos desde 2002. Y no tenía donde poner tanta coca. Entonces recordó que “el Profe” le había hablado de un contacto en Chicago, que podía guardarle todo y era seguro. También pensó en exigirle “unos papeles” (dinero) de “El Gordo” (de quien era cobrador). Eran $49,980 que “Recluta” le entregó a “el Profe” en El Bronx para enviar a Guatemala.
Pero al acudir a una cita el 3 de marzo, con “el Profe” y su “bodeguero” en el restaurante Cocula en Chicago, Lico compró un boleto sólo de ida para la cárcel. El bodeguero (el contacto del “Profe” en Chicago) resultó ser un agente encubierto de la DEA, quien además presenció cuando Lico recibió del “Profe” los $49,980 de ganancias por la venta de droga. Cuando “Lico” lo supo más adelante, ya estaba perdido.
León también aprendió de mala manera. Presionado por El Gordo, debió corretear al “Profe” (por ser quien los presentó a ambos) para que respondiera por el pago de $2.2 millones que se demoraba en enviar. En realidad, había entregado el dinero a la DEA. Era el tercer pago que le habían confiado guardar, y que el Profe —sin parpadear— entregó a los agentes que lo seguían como su sombra.
León, desesperado y temiendo morir a manos de la gente de “El Gordo” en Guatemala, telefoneó al “Profe” de dos a cinco veces diarias en las siguientes dos semanas. Pero “el Profe” se le esfumó, no sin antes de decirle a León, Lico y a Otto que la policía había confiscado la camioneta en la que ocultaba el dinero. Ante aquello, El Gordo exigió pruebas. Quería ver recortes de periódico con la noticia, o algún reporte policial.
Al “Profe” se le estaba terminando el oxígeno cuando la DEA urdió el placebo perfecto: documentos falsos; fingir el decomiso del dinero le compraban al “Profe” unos minutos más. Pero no era fácil. El Gordo ya desconfiaba y, por añadidura, también León. Cuando “el Profe” esperaba un número de fax para enviarle los documentos, León (a instancias de “El Gordo”) le envió a un emisario hasta Manhattan: Julián. El 19 de marzo, en un restaurante de Queens, “el Profe” entregó los documentos a Julián, observado y escuchado por la DEA. “El Gordo” mordió el anzuelo. Pero faltaba un cargamento que el “Profe” debía llevar de Nueva Jersey a Manhattan (que la DEA tenía en su poder): El remanente de los 265 kilos que fingió recibir en enero. Esta vez, León (responsabilizado del problema por El Gordo) también envió a otro emisario: Miguel.
“El Profe” pasó engorrosos momentos explicando al emisario que el bodeguero no aparecía para entregarle la droga, y León se tomó el cuidado de llamarlo para decirle: “El Gordo y su gente lo van a matar si no le entrega el cargamento de cocaína a Miguel”. Claro, León pensaba que él también pronto estaría en la lista de muertos. “El Gordo” estaba furioso.
Después de dos semanas de vaivenes, el “Profe” desapareció. Estaba en las oficinas de la DEA en Nueva York, devolviendo los seis teléfonos celulares que le dieron para las llamadas y atando los cabos sueltos de su furtiva misión.
Tres meses después, la DEA identificó a El Gordo como el guatemalteco Jorge Mario Paredes Córdova, calificándolo como uno de los capos del narcotráfico más buscados en Centro América. Cinco años más tarde (en 2008), fue capturado en Honduras y traído a Nueva York. Desde el pasado 29 de septiembre, está siendo juzgado en la Corte del Distrito Sur, en donde también está citado un testigo clave: “el Profe”, un sujeto de apariencia desconocida pero con una voz que, según la DEA, a Paredes le sonará a traición.