Ismar Reyes-Cruz frente algunos de sus platillos. Antonieta Cádiz/La Opinión
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En el camino, Reyes obtuvo sus documentos migratorios, curiosamente no con la ley de inmigración de 1986, sino un año antes, cuando el restaurante para el que trabajaba tramitó su visa laboral, tras lo que obtuvo su residencia y más tarde su ciudadanía.

"¿Por qué comida mexicana y no salvadoreña?", es la pregunta que surge naturalmente al entrar a su restaurante. "Para hacer la cocina que uno quiere o aprende, no tienes que ser de ese país, sino saber usar los ingredientes", responde.

Eso es lo que precisamente lo ha llevado varias veces a cruzar la frontera, en busca de nuevos sabores, para observar de primera mano la cocina propia del país y luego poner su toque e ideas; lo que ha resultado en un menú variado y original.

Sentado frente a sus platos, recién preparados, Reyes no come casi nada. Al contrario, el placer del chef, como dice él, es que la gente disfrute su comida. "Cuando el plato llega vacío, eso es lo que realmente me hace feliz".

Una filosofía que se nota desde el momento en que sus invitados ponen un pie en "El Nopalito Grill", donde la mayoría de sus empleados son miembros de su familia.

Reyes no acepta un no como respuesta cuando se trata de probar sus innovadores tamales de pato, la corvina chilena o el mariscal con salsa yucateca.

Pero más aún: cuando los prepara, se mantiene fiel y concentrado en su trabajo. No importa quién esté en su cocina. Sin embargo, hay un ingrediente que no está en su lista de "especiales" y que quizás él mismo ya no ve: su sonrisa, y más aún, la alegría con que arma sus platos.