Durante 26 años, Vilma Hernández planchó ropa, limpió la casa, hizo comida, podó el jardín, lavó los autos e incluso bañó al perro de su patrón. Todo por 150 dólares a la semana. Hasta que el año pasado el dueño de la vivienda en Malibú, quien la trabajadora dice se dedicaba a producir películas, le dijo que no la necesitaba más porque a raíz de una enfermedad tuvo que contratar a una enfermera.
Hernández vio que ese cuarto de siglo que pasó trabajando para la misma persona, viviendo y durmiendo en su casa de lunes a viernes, se esfumó en cuestión de segundos, como si el tiempo no hubiera pasado por sus venas.
"Ahí dejé toda mi vida… sabiendo que me explotaban", dijo Hernández, ahora de 66 años, quien se aferró al trabajo pese a las condiciones laborales porque no tenía documentos y temía quedar en la calle. Asegura que ni siquiera, después de 26 años trabajando para el mismo empleador, hubo una relación afectiva más allá que la que separa a quien paga y quien es pagado.
"Ni una sola aspirina", dijo. "Cualquier cosa, incluso la comida, me la tenía que comprar yo".
Su caso le recuerda a lo que durante estos días ha escuchado en las noticias: las declaraciones de Nicky Díaz contra la candidata republicana a la gubernatura de California, Meg Whitman, para quien trabajó por nueve años en su casa.
"Hemos escuchando decir a Meg Whitman que Nicky era parte de su familia y luego a ella respondiendo que cuando la despidió la trató como basura", comentó la socióloga Pierrette Hondagneu-Sotelo, de la Universidad del Sur de California (USC). "Esa es la historia que está pasando todos los días en California aunque no sea vea".
"Muchos empleadores no consideran que lo que hacen esas personas sea un trabajo real porque dicen sentir tratarlos como parte de su familia. No verlo como un verdadero empleo es lo que les impide ver los abusos que están cometiendo porque luego los despiden como si nada", agregó la experta, quien es además autora del libro Doméstica, donde habla sobre el fenómeno de quienes trabajan contratados en viviendas privadas.
Como muchas trabajadoras, Vilma llegó a Estados Unidos cruzando la frontera desde El Salvador en busca de las oportunidades que no encontraba en su país. Lo hizo sola y se sacrificó para mandarles algo de dinero a sus cuatro hijos después de que su esposo murió.
Limpiar casas y cuidar niños son dos de las tareas más desempeñadas por quienes recién llegan a Estados Unidos y necesitan un trabajo de forma urgente aunque sea precario.
"Se oye absurdo, pero lo único que me motiva a seguir en esto es la necesidad de sobrevivir, que es más fuerte que la explotación que podamos sufrir", confesó Verónica Nieto, también sin documentos, quien llegó hace 15 años de México y se desempeña limpiando casas en San Francisco.
Las casas que limpian y los hijos que cuidan son en su mayoría de gente pudiente y profesionales de clase alta que depositan su confianza en inmigrantes para que hagan las labores por las que, en muchas ocasiones, terminan recibiendo menos del salario mínimo.
Pero sin ellas, según los expertos, hoy la sociedad no se podría concebir de la misma forma, aunque en los años 50 se llegara a pensar que ese tipo de trabajo no perduraría por mucho tiempo.
"Los americanos que critican a los mexicanos actúan hipócritamente sin darse cuenta de que las mujeres inmigrantes los están liberando de las responsabilidades domésticas por muy poco dinero para que ellos puedan trabajar y hacer otras tareas", comentó Álvaro Huerta, quien analiza la economía doméstica en el Centro de Investigación de Estudios Chicanos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).
"Es imposible ser un abogado o un médico y estar preocupado de que la casa esté limpia o tengas que ocuparte de los niños en lugar de estar 60 horas metido en una oficina", agregó.
Los analistas señalan que, desde 1960, el perfil de quienes trabajan en tareas domésticas corresponde al de mujeres mexicanas y centroamericanas aunque no necesariamente siempre sean indocumentadas. Algunas de ellas son incluso latinas ciudadanas.
Datos de la Oficina de Estadísticas del Trabajo (BLS) indican que en 2009 unas 783 mil personas en el país trabajaban empleadas en casas privadas y que en el 91% de los casos se trataba de mujeres.
"Pueden ser indocumentadas o tener residencia legal o incluso ser ciudadanas. En la encuesta de población no excluimos a nadie, y es seguro que pueda haber más personas que no estén recogidas en las estadísticas porque el número es sólo una muestra de las 60 mil casas que se entrevistan", dijo Steve Hiptel, economista de BLS.
El 38% de los trabajos recaía en manos de hispanas, mientras que para quienes eran considerados empleados de tiempo completo el promedio salarial alcanzaba los 398 dólares a la semana, según las estadísticas, aunque muchas trabajadoras cuentan lo mal que se les paga.
"A veces me daban 10 dólares por unas cuantas horas. El patrón me pagaba lo que le parecía y cada vez me pedía que hiciera más y más cosas. Hasta me regañaba y gritaba porque se ponía bien exigente en decir cómo quería las cosas", dijo Virginia Centeno, quien por cinco años trabajó limpiando casas en Los Ángeles. "Yo no decía nada por temor a perder el poco trabajo que tenía".
Al respecto, parte del problema reacae en que "muchos patrones creen que cuando contratan a trabajadoras domésticas están comprando el derecho de que hagan todo lo que quieran, cuando eso no es así", dijo Hondagneu-Sotelo.
La misma competencia entre las trabajadoras, especialmente después de que las inmigrantes centroamericanas se sumaran a esta fuerza laboral tras la década de los 80, ha hecho bajar los sueldos dándole, según los expertos, la sartén por el mango al empleador, quien busca contratar a quien haga las mismas tareas de forma más barata.
Esto ha posibilitado que incluso la clase media haya accedido a tener empleadas domésticas desde hace algunos años, cuando históricamente había sido considerado algo exclusivamente de las élites.
"La mayoría de las patronas latinas son las que más mal se portan con nosotros. No sé si es por que somos de la misma raza o por qué, pero el americano, aunque no siempre, suele respetarnos más y no ser tan estricto", dijo "Gloria", indocumentada que busca sus propias casas para limpiar y, en cuanto tiene ocasión, asegura poner una excusa para no seguir haciendo el trabajo con aquellos patrones que no le pagan a tiempo o que cada vez son más exigentes.
"Con una patrona, que es latina, estoy aguantando sólo porque me paga bien, 200 dólares al día cuando le tengo que limpiar la casa. Y la economía no está para dejar volar 200 dólares así como si nada", dijo "Gloria".
"Es triste y una vergüenza que mujeres exploten a mujeres por el hecho de que no haya testigos y todo pase en casas privadas", denunció Alexia Salvatierra, pastora de Laicos y Clérigos por una Economía Justa.
Quienes terminan sufriendo las peores consecuencias son, según Hondagneu-Sotelo, quienes viven en la misma casa donde trabajan, porque están a ser llamadas a cualquier hora, y no se diferencia las horas de cuándo trabajan y cuándo descansan.
Y es que, como recuerda Mario Guerra, director de asuntos gubernamentales de California para la Igualdad, "aunque sean indocumentadas, cuentan con ciertos derechos porque no se les puede explotar de esa forma".
"El problema es el miedo que tienen para salir a luz", apuntó Guerra.
"Necesitan ser parte de un grupo más grande para negociar sus salarios y sus condiciones, porque cuando trabajan aisladas eso no les da ninguna garantía de mejorar sus condiciones", añadió por su parte Ten Lohrentz, gerente del Centro Insight para el Desarrollo de la Economía Comunitaria. "Y deben hacerlo porque son trabajos extremadamente importantes, pero vulnerables de los que la gente se aprovecha porque no están supervisados".
En los próximos meses, un grupo organizado de trabajadoras domésticas presentará a la Legislatura de California una carta de derechos con la que quieren lograr, entre otros puntos, ser pagadas por las horas extra, contar con días de enfermedad y ser indemnizadas cuando se lesionan. Una propuesta similar se aprobó recientemente en Nueva York ofreciendo ciertas garantías a las empleadas domésticas.
"Nadie quiere estar ahí sufriendo en ese trabajo, pero es más urgente la necesidad de enviar dinero a sus casas", apuntó la socióloga de USC. "Lo que necesitamos es una política masiva en el gobierno que las reconozca, pero sabemos que a los americanos no les gusta la política social".
"Este es un tema que el mundo entero se debería poner a repensar para que la sociedad reconozca que el trabajo doméstico que hacen esas personas es un trabajo real como el que hace cualquier otra".
Cuando acaban la jornada y regresan a casa, aquellas que pueden, continúan el trabajo, aunque esta vez la tarea es para su propia familia y sin ver dinero extra.
"Ya me gustaría que cuando llego a casa estuviera todo limpio como cuando lo encuentra el patrón cuando llega a la suya", dijo Nieto. "No me quedan ganas, pero con ganas o sin ganas debo hacerlo, porque es mi casa y son mis propios hijos y mi pareja".