WASHINGTON, D.C.— Para muchos estadounidenses el 11 de septiembre empieza a ser "un día más", pero no para Regina Cervantes, que perdió a un familiar en los atentados de hace ocho años y sufre invalidez permanente tras trabajar en la Zona Cero.
Cervantes, que vive ahora en Oklahoma, trabajaba en Nueva York en 2001 y se ofreció como voluntaria para ayudar en las labores de rescate tras los atentados.
A raíz de ahí contrajo una fibrosis pulmonar y otras dolencias que la han incapacitado para trabajar.
"Yo corría, nadaba, hacía ciclismo y ahora no puedo hacer nada", dice esta mujer de 48 años, madre divorciada con dos hijos, de origen mexicano que perdió a su primo David Arce, un bombero, en los atentados, además de a unos 50 amigos.
"Para mí este es un día muy triste porque me acuerdo de todos los que ya no están", comentó Cervantes, quien dijo sobrevivir a duras penas con la ayuda que recibe del gobierno.
Cervantes es una de los muchos hispanos cuyas vidas se vieron tocadas por los atentados del 11-S, en los que según William Rodríguez, fundador de la asociación Grupo de Víctimas Hispanas, fallecieron unos 400 latinos de las alrededor de tres mil víctimas.
Para Rodríguez, un puertorriqueño que trabajó durante 20 años en la limpieza de escaleras en las Torres Gemelas y que perdió 200 amigos en los atentados el 11 de septiembre, "jamás será un día más".
"Es básicamente lo que me define ahora como ser humano", explicó Rodríguez, quien sobrevivió tres horas bajo los escombros antes de ser rescatado por los bomberos.
"Tener esa segunda oportunidad de vida me dio la motivación y el entusiasmo para seguir adelante", dijo el superviviente del 9/11, a quien el Senado de Puerto Rico declaró héroe nacional por haber ayudado a salvar cientos de personas.
Rodríguez, que tenía una de las llaves maestras del edificio, abrió muchas de las puertas que se quedaron atascadas tras la colisión de los aviones, lo que permitió que cientos de personas pudieran escapar.
Ocho años después, dice que los atentados le han dejado un enorme miedo a meterse en edificios altos, porque recuerda "los gritos de los que se estaban quemando dentro de los elevadores".
El 9/11 le dejó también algún legado positivo como la que él define así: "adicción a ayudar a los demás", la fórmula que ha encontrado para superar la factura negativa de ese fatídico día.
Rodríguez no es el único que intenta buscar algo positivo en lo ocurrido.
Lucie Ferrell, una enfermera jubilada de 66 años que trabajó en las labores de rescate como voluntaria de la Cruz Roja, dijo que el haber conocido y ayudado a las familias de las víctimas fue una experiencia "increíble".
"Cada año el 11-S regreso a Nueva York con mis pensamientos y mi recuerdo y siempre seguirá siendo así", dijo Ferrell, quien explicó que ese acontecimiento fue un momento de "horror y heroísmo" y quien se alegra de haber sido "testigo de ambos".
En una muestra de la importancia de esa fecha, Ferrell, que está divorciada, se casó ayer por segunda vez.
"El día era ya sagrado y cargado de significado para mí y creo que así continuaré honrando a los que fueron parte de ese momento", explicó la enfermera, quien aseguró que "es también una buena forma de acabar con la pena de los atentados".
Sociólogos e historiadores creen que la tragedia de ese día se irá difuminando en la memoria colectiva a medida que pasen los años y mencionan que la menor atención mediática a este octavo aniversario es una prueba de ello.
"Es un fenómeno muy normal, el que a medida que pasan los años disminuya la intensidad de las celebraciones", dijo Brian Richardson, portavoz de la organización Familias del 11 de septiembre.