Para los indígenas la adultez llega a muy temprana edad. Es común, que las niñas a los 15 años hayan contraído matrimonio y sean madres. Pero desconocen que la sociedad estadounidense es muy diferente. [Foto: Aurelia Ventura/ La Opinión]
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NOTA DEL EDITOR:

Esta es la segunda de una investigación realizada por La Opinión, en la que durante tres meses se recabaron testimonios, expedientes legales, entrevistas a ministerios públicos, interpretes, abogados y documentos en ambos lados de la frontera que atestiguan la pesadilla de los indígenas mexicanos tras las rejas.

 

El BRONX, Nueva York.— Además de los borrachos con los que baila y toma cada noche, Maura Prado reconoce que no tiene con quien hablar. Tal vez por eso no hace falta preguntar mucho para saber de inmediato su historia, sobre todo el arresto de su hermano Neftalí, un incidente que la hizo abandonar su pueblo indígena para venir a Estados Unidos.

Sobre un colchón tirado en el suelo del departamento que comparte con otros seis indocumentados en El Bronx, la entrevista con Maura se vuelve una charla donde las palabras "impotencia" y "frustración" no se pronuncian, pero están siempre presentes en su rostro, en su llanto. Y es que confiesa que no entiende qué es una corte, un juez, ni mucho menos una apelación.

"Me siento desesperada. Ver así encerrado a mi hermano en ese lugar, la cárcel es como un infierno", dice esta indígena de origen mixteco, una de las 64 etnias de México y cuyos miembros habitan los estados de Guerrero y Oaxaca en comunidades donde se habla la lengua mije y no el español.

Lo que Maura desconoce es que su historia está lejos de ser un caso aislado. De hecho, en las prisiones de Estados Unidos, más de 20 mil indígenas mexicanos son parte de la población penitenciaria, un problema que adquiere otra dimensión cuando al indígena le resulta difícil entender, incluso, el significado de la palabra juicio.