NOTA DEL EDITOR:
Esta es la segunda de una investigación realizada por La Opinión, en la que durante tres meses se recabaron testimonios, expedientes legales, entrevistas a ministerios públicos, interpretes, abogados y documentos en ambos lados de la frontera que atestiguan la pesadilla de los indígenas mexicanos tras las rejas.
El BRONX, Nueva York.— Además de los borrachos con los que baila y toma cada noche, Maura Prado reconoce que no tiene con quien hablar. Tal vez por eso no hace falta preguntar mucho para saber de inmediato su historia, sobre todo el arresto de su hermano Neftalí, un incidente que la hizo abandonar su pueblo indígena para venir a Estados Unidos.
Sobre un colchón tirado en el suelo del departamento que comparte con otros seis indocumentados en El Bronx, la entrevista con Maura se vuelve una charla donde las palabras "impotencia" y "frustración" no se pronuncian, pero están siempre presentes en su rostro, en su llanto. Y es que confiesa que no entiende qué es una corte, un juez, ni mucho menos una apelación.
"Me siento desesperada. Ver así encerrado a mi hermano en ese lugar, la cárcel es como un infierno", dice esta indígena de origen mixteco, una de las 64 etnias de México y cuyos miembros habitan los estados de Guerrero y Oaxaca en comunidades donde se habla la lengua mije y no el español.
Lo que Maura desconoce es que su historia está lejos de ser un caso aislado. De hecho, en las prisiones de Estados Unidos, más de 20 mil indígenas mexicanos son parte de la población penitenciaria, un problema que adquiere otra dimensión cuando al indígena le resulta difícil entender, incluso, el significado de la palabra juicio.
Morena, de ojos rasgados, a primera vista la cara de Maura revela sus raíces indígenas. Pero hace falta escucharla para saber que recorrió más de 3,000 millas en busca de su hermano, al que las leyes de Nueva York acusan de intento de asesinato; que cruzó de Arizona a Nueva York a bordo de una minivan con un pollero ahogado en cocaína, y que hoy la deuda del viaje la tiene que pagar con largas veladas convenciendo a hombres que tomen alcohol y bailen con ella, un trabajo "cortesía" del mismo pollero que la trajo hasta EEUU.
"Me dijeron que iba a ser mesera, pero yo veía que las meseras son muy diferentes. Acá me ordenaron, vas a platicar con cliente y vas a tomar cerveza, la mitad para ti, la mitad para la caja. Van muchos borrachos, pero gracias a Dios que me dejan buena propina", dice resignada.
Al alcohol se le suma la música, la joven indígena cobra dos dólares por bailar cada melodía, un dinero que sumado a su sueldo de 180 dólares semanales, le deja suficiente cada mes para pagarle al pollero 350 dólares por la habitación donde tiene su colchón, 500 por el viaje y algunos dólares que le sobran para darle a su hermano en la prisión.
Maura ha descubierto que en El Bronx la vida es cara, sobre todo si se es mujer indígena. Y Maura sabe perfectamente lo que eso significa. Apenas una semana antes de emprender el viaje hacia Nueva York un hombre ofreció por ella 115,000 pesos (alrededor de 10 mil dólares), una práctica tradicional en la cultura mixteca, que fuera de los pueblos indígenas se convierte en un delito.
Hasta su habitación, en el cuarto piso de un sucio edificio de apartamentos, la música de las cantinas que rodean el área se escucha día y noche, canciones a las que sólo interrumpe el estrepitoso paso del tren, un ruido que hace temblar hasta a la misma Virgen de Guadalupe, la imagen que Maura colocó junto a su colchón sobre una pequeña mesa.
En ese rincón, Maura "limpia" a su hermano, una pequeña ceremonia donde pasa un huevo por su fotografía, reza y prende copal, una resina que apenas toca el fuego produce un olor agradable que por momentos apaga el aroma a desperdicios que llega desde la calle. En El Bronx, la fe y sus rituales indígenas son la única ayuda que conoce.
Las cosas las compró en el barrio Chino, el mismo lugar donde aprendió que un dios al que le dicen Buda es muy milagroso y que las estatuitas blancas que se venden por montones no son la imagen de Jesucristo sosteniendo una antorcha.
El chino de la tienda le aclaró que a esa le llaman "Libertad".
SIN ID NO ENTRA
Como una sombra que busca a toda costa no llamar la atención, la tarde del pasado 6 de junio, Maura recorrió dos horas de camino desde El Bronx hasta la prisión Rikers Island, donde transfirieron a su hermano Neftalí.
Apenas una semana atrás, en esa misma cárcel, le permitieron ver a su familiar, no sin antes tomarle sus datos, huellas digitales e incluso una fotografía.
"Ahora no nos da la gana de ser "nice". Ya he visto muchas como esas. Ustedes las compran por ahí", grita un guardia penal de la prisión.
"¿Por qué no tienes un pasaporte de tu país? Seguro, porque tienes puros documentos falsos", vuelve a gritar.
"¡Move out of here!", gritó nuevamente el guardia, rechazando la credencial de elector mexicana que humildemente Maura ofreció como identificación.
Se movió por instinto, porque de las órdenes ni una palabra entendió. A Maura no le dolió el acento insultante del guardia; lo que le partió el alma fue saber que no vería a su hermano.
Hasta ese momento, la indígena desconocía que de acuerdo con la política migratoria vigente, quien entra ilegalmente a Estados Unidos es también considerado un criminal.
En calidad de "amiga", la reportera de este diario logró entrevistarse con Neftalí.
Cuatro puntos de revisión, detectores de metales, pruebas de uso de drogas y las manos de agentes toqueteando las partes íntimas de los visitantes, consumen más de tres horas antes de tener al reo de frente.
Como si se tratase de un desfile de modas, las visitantes, mujeres casi todas, visten blusas diminutas, pantalones pegados al cuerpo y sus cabelleras sueltas, lo mismo provocan la mirada de guardias que de prisioneros.Cinco filas horizontales, cada una con 14 mesas y tres sillas pequeñas en colores azul, amarillo y rojo, son el escenario donde transcurren las visitas, una sala que de no ser por los guardias armados se asemejaría más a un salón de clases que a una prisión.
Del edificio C95, un mar de presos en uniforme café sale al encuentro de la familia. Neftalí se ve ansioso. Con la mirada busca a su hermana, pero al enterarse de que a Maura le impidieron el paso, le provoca una mezcla de tristeza y coraje. Ella es la única que en más de tres años lo había visitado.
En la prisión lo conocen con el apodo de "México", y con sólo 23 años ha pasado 35 meses tras las rejas. Aún no sabe cuándo será sentenciado. En tres ocasiones su juicio ha sido pospuesto.
Nada en el físico de Neftalí es excepcional, excepto cuando habla. En 2003, antes de emigrar a Estados Unidos, sólo dominaba el mixteco; ahora su lengua es una mezcla de inglés con español a lo puertorriqueño, donde la ‘r’ suena muchas veces como ‘l’, y que aprendió entre El Bronx y la prisión.
Lo acusan de haber herido de dos balazos a un joven que, por ser menor de edad, no puede ser identificado. Neftalí alega que es inocente y que está en prisión por un error.
Una tarde de agosto de 2006, después de salir de su trabajo, tres adolescentes lo abordaron con la intención de robarle, dice. Y entre la disputa, uno de ellos sacó un arma que Neftalí arrebató para luego herir a su atacante."Yo soy inocente... Solo tomé el alma (arma) del guy (del joven) polque (porque) me quelía (quería) lobal (robar)", dice a la reportera mientras sus manos aprietan un escapulario de plástico blanco que cuelga de su cuello.
En medio del bullicio de la visita su voz apenas se escucha. En la sala no hay intimidad, las familias ríen a carcajadas, las parejas se besan, se tocan íntimamente, todo a la vista de los guardias que parecen disfrutar el espectáculo.
La visita dura 40 minutos, tras los cuales los guardias exigen la salida de los familiares. Neftalí se despide, roza apenas la mano de la reportera en una imitación de saludo, pues en su cultura, estrechar la mano con fuerza, dar un abrazo o un beso en la mejilla a una mujer no es algo bien visto.
"Oye, dile a mi ‘helmana’ (hermana) que yo llamo pol (por) la talde (tarde). Que no esté tliste (triste), ¿me entiendes?", suplica Neftalí.
Cuando se marcha, arrastra su uniforme por lo largo que le queda, y es que en comparación con la mayoría de los presos, casi todos negros y anglosajones, "México" es chiquito.
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Un reporte de la Cámara de Diputados de México señaló que de los casi 200,000 mexicanos arrestados en EEUU, 10 de cada 100 son indígenas; sin embargo, para la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), la cantidad exacta de indígenas encarcelados e incluso los que trabajan libremente permanecen oficialmente en el anonimato.
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Translated by Marvelia Alpízar/La Opinión
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Reporting for this project was supported in part by the Institute for Justice and Journalism, funded by the Ford Foundation.
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NOTA DEL EDITOR:
Esta es la segunda de una investigación realizada por La Opinión, en la que durante tres meses se recabaron testimonios, expedientes legales, entrevistas a ministerios públicos, interpretes, abogados y documentos en ambos lados de la frontera que atestiguan la pesadilla de los indígenas mexicanos tras las rejas.
El BRONX, Nueva York.— Además de los borrachos con los que baila y toma cada noche, Maura Prado reconoce que no tiene con quien hablar. Tal vez por eso no hace falta preguntar mucho para saber de inmediato su historia, sobre todo el arresto de su hermano Neftalí, un incidente que la hizo abandonar su pueblo indígena para venir a Estados Unidos.
Sobre un colchón tirado en el suelo del departamento que comparte con otros seis indocumentados en El Bronx, la entrevista con Maura se vuelve una charla donde las palabras "impotencia" y "frustración" no se pronuncian, pero están siempre presentes en su rostro, en su llanto. Y es que confiesa que no entiende qué es una corte, un juez, ni mucho menos una apelación.
"Me siento desesperada. Ver así encerrado a mi hermano en ese lugar, la cárcel es como un infierno", dice esta indígena de origen mixteco, una de las 64 etnias de México y cuyos miembros habitan los estados de Guerrero y Oaxaca en comunidades donde se habla la lengua mije y no el español.
Lo que Maura desconoce es que su historia está lejos de ser un caso aislado. De hecho, en las prisiones de Estados Unidos, más de 20 mil indígenas mexicanos son parte de la población penitenciaria, un problema que adquiere otra dimensión cuando al indígena le resulta difícil entender, incluso, el significado de la palabra juicio.