Con la muerte de Dennis De León, hemos perdido a un verdadero héroe. Quizás sea mi estado de profunda tristeza, pero me atrevo decir que he conocido muy pocos líderes con el coraje de este activista y fundador de la Comisión Latina sobre el SIDA.
Conocí a Dennis en 1988 cuando David Dinkins, entonces presidente de Manhattan, lo nombró vicepresidente del condado. El reemplazaría a Sally Hernández Piñeiro, quien aceptó un puesto en la administración del alcalde Ed Koch. En esos días se había formado un chisme sobre el nombramiento de Dennis, porque él era de ascendencia mexicana en un momento en que el liderazgo latino en Nueva York era totalmente puertorriqueño y estaban enojados con Dinkins por no haber reemplazado a Sally con otro boricua.
Yo, como reportera atrevida, le pregunté a Dennis si él pensaba que ese puesto le pertenecía a un boricua.
Primero me contestó sin emoción que Dinkins había seleccionado a un latino cualificado y que él trabajaría con todas las comunidades, etc. Después, cuando habíamos terminado, me dio el primero de muchos regaños. Me dijo que hasta que había llegado a Nueva York, no había visto tanto enfoque en su nacionalidad. Siempre se había visto como un abogado.
“¡Qué importa que mis padres sean mexicanos o los tuyos puertorriqueños, estamos ahora tú y yo en posiciones para ayudar, unificar y luchar por el progreso de todos!”, me dijo.
Cuando fui nombra editora en jefe de EL DIARIO/LA PRENSA en 1995, el primero que me invitó a un café fue Dennis, quien me dijo dos cosas importantes.
Primero, que contara con él sin condiciones y, segundo, me dijo, no me lo pidió, que me uniera a los esfuerzos de la comisión para darle voz a la lucha contra el sida. Como siempre, andaba con pruebas y estadísticas y sacó de su bolsillo un informe doblado en el que detallaba como los latinos encabezábamos la lista de infectados.




