Dennis de León no creía en eso de ser un “protagonista” -- una figura carismática a la que la gente endosa su poder para resolver los problemas como por arte de magia. En su lugar, él se suscribía a la tarea mucho más ardua de organización y creación de movimientos. Marca de un verdadero líder.

Con la muerte de de León ayer, los latinos perdimos a uno de nuestros más valientes representantes, alguien que estaba dispuesto a hacer sentir incómoda a la en aras de lograr justicia.

Un mexicano originario de California, de León acumuló un historial impresionante. Su carrera incluyó trabajar como abogado de base, un nombramiento como presidente adjunto de condado en la Ciudad de Nueva York, y trabajar en la Junta de Revisión de Querellas Civiles. Como jefe de la Comisión de Derechos Humanos de Nueva York, enfrentó algunos de los episodios más incendiarios de tensión racial en la historia de la ciudad.

Pero cuando de León reveló su estado de HIV al comienzo de la década de 1990 – enfrentando la discriminación, el miedo y el estigma social -- rompió el silencio acerca de una epidemia que sabía que estaba acabando con latinos. Una comunidad marginada, con acceso limitado a la atención de la salud que necesitaba, sufría enormemente la epidemia del VIH.

Su revelación fue un acto de valentía, uno de los muchos por los que de León se dio a conocer. El, bien pudo haberse retirado del servicio público. Pudo haberse dedicado a sus actividades personales que se tornaban tanto más urgente a medida que el tiempo pasaba. Todo el mundo lo hubiera entendido.