Arresto de Paula Luna Álvarez, supuesta esclavista de inmigrantes, en San José. (FOTO: Aurelia Ventura/La Opinión)
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SAN JOSÉ.— "Ellos son". Tras casi cuatro horas de interrogatorio ante agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), en cuatro de las seis fotos que le pusieron al frente, Esteban* vio los rostros de Carlos del Carmen, Paula Luna Álvarez, Manuel Pérez Serón y su esposa Lucila Martínez, las parejas que supuestamente lo esclavizaron durante meses en una cadena de restaurantes.

"Yo sé que esa gente está trayendo más chavos y no es justo que por miedo estas cosas sigan pasando", declaró Esteban a La Opinión la mañana del 14 de enero de este año, justo antes de entrevistarse con el agente Alex Kobzanetsh, titular del Escuadrón Contra el Tráfico de Personas del FBI.

Esteban al parecer tenía razón. Cinco meses después de la reunión con el FBI, 40 oficiales federales irrumpieron en la lujosa mansión de Del Carmen y Paula Álvarez, los supuestos cabecillas de la banda.

El caso ahora en manos del U.S. Marshall indica que había otras cuatro posibles víctimas bajo el yugo de los Álvarez, además menciona el envío reciente de dinero a Tepeaca, México, que supuestamente se había destinado al tráfico de más personas.

Según documentos federales, el envío se hizo por Giromex, servicio de transferencia de dinero, desde una botánica en San José hacia Tepeaca, lugar de donde es oriunda la pareja que se hacía pasar por evangelizadora para reclutar mujeres en los pueblos de Oaxaca y Puebla.

Dicha pareja reclutó a Carolina*, una indígena que según sus declaraciones trabajó esclavizada por los supuestos delincuentes de San José durante tres años, e intentaron hacer lo mismo con otra mujer, Amparo*, madre soltera de 47 años, a quien le ofrecieron traerla a California.

La libertad, el lujo y el estilo de vida del que gozaban Del Carmen y Álvarez se esfumó poco antes de las 5:30 de la madrugada del jueves 12 de junio, la mansión de la presunta pareja de traficantes, resguardada con un novedoso sistema de seguridad, quedó a merced de los agentes federales.

Del Carmen, un hombre de casi 200 libras, mirada ruda y originario de San Agustín, Puebla, y su esposa Paula, morena, de complexión robusta y originaria de Santa Ana, Oaxaca, aunque naturalizada estadounidense, salían esposados de la residencia con los cargos de lavado de dinero y operar una red de tráfico de indocumentados con el fin de explotarlos laboralmente.

Manuel Pérez Serón y Lucila Martínez, al parecer, alcanzaron a huir del país.

La cadena de restaurantes de estos presuntos delincuentes donde al parecer llegaron a esclavizar a decenas de inmigrantes, "El Jalapeño" sobre la avenida Paradise en Modesto, "El Naranjo" y "El Mesquite", ambos ubicados sobre la avenida Story en San José, también fueron investigados por las autoridades.

"Pensamos que hay más víctimas y otros inculpados, de momento seguimos investigando", expresó Kobzanetsh, quien llevaba dos años tras la pista de estos supuestos delincuentes.

Vía telefónica, Esteban*, de 21 años, delgado y cuya estatura apenas sobrepasa los cinco pies, se enteraba ese jueves 12 de la noticia. Su reacción fue de euforia.

"No sé si llorar o brincar de gusto... Finalmente se hizo justicia", dijo. Sin embargo su alegría cambió de tono al saber que tanto Manuel como Lucila no habían sido aprehendidos.

Esteban es una pieza muy importante en este caso y posiblemente será llamado a declarar en corte contra estos supuestos traficantes.

La participación de los testigos, afirma el agente del FBI, es crucial en casos como éstos.

"Es muy difícil llegar hasta los traficantes de personas, tenemos datos, sospechas, pero sin pruebas ni testigos no se les puede procesar y es frustrante ver que los casos se caen", apuntó Kobzanetsh.

Según autoridades consultadas por La Opinión, la red en que cayeron Esteban y Carolina, y al parecer alrededor de 30 inmigrantes más, utilizaba los métodos de las organizaciones de trata nigerianas y sudamericanas, que humillan y torturan a las víctimas durante un tiempo y después las desecha con la llegada de "nueva mercancía", para despistar a las autoridades.

"Los tratantes comienzan a copiar métodos de otros grupos. Las redes asiáticas, por ejemplo, como las europeas jamás liberan a sus víctimas, cuando ya no les sirven simplemente las matan y las desaparecen", expresó Tomothy Lim, profesor de la Universidad Estatal de California en Los Ángeles, experto en tráfico de humanos.

Otras bandas, explicó el investigador, se relacionan sentimentalmente con mujeres y las convencen para traerlas a trabajar a Estados Unidos o se las roban. Muchas veces las embarazan, las obligan a abortar o capturan a sus hijos como modo de presión cuando intentan huir.

"Para todos estos criminales mover la mercancía es vital. Los trasladan de un lugar a otro para que ni las autoridades ni la sociedad puedan percibir la esclavitud. Al final traen más víctimas y se deshacen de las anteriores. Muchas de estas organizaciones ni siquiera les preocupa matar a sus víctimas porque saben que el miedo que les infundieron fue tanto que muchos preferirán morir antes de denunciar a sus captores", dijo el experto.

Carolina es un vivo ejemplo del proceder de la banda. Después de haber sido esclavizada durante tres años, trasladándola entre San José y Modesto, donde la obligaban a trabajar hasta 17 horas, sin salario, fue obligada a subirse a una camioneta en medio de la noche y sacada del país por sus captores.

"Pensé que me iban a matar. Me sacaron en pijamas y me subieron al carro. Nomás me dijeron: ‘Te vamos a llevar a dar una vuelta’... Yo tenía mucho miedo", narró Carolina.

El viaje en el que también iban Esteban y Marcos, otra víctima, terminó cerca de las ocho de la mañana en la ciudad de Tijuana, México. Ahí, Del Carmen, según versiones de las víctimas, los dejó abandonados, sin dinero ni documentos de identificación y no sin antes amenazarla con que si los denunciaba su vida y la de su familia correrían peligro.

"Después de que nos aventaron como perros, me enteré de que Manuel [el otro supuesto miembro de la banda que al parecer huyó del país] habló a mi casa y le dijo a mis padres que yo les había robado y me había escapado. Que no sabía dónde estaba, pero que ni se me ocurriera regresar por Modesto porque había levantado una orden de arresto en mi contra por lo del robo".

Con la ayuda de familiares, Marcos y Carolina regresaron a sus pueblos y Esteban por su parte volvió a EU, temeroso al principio, después decidido a pedir justicia.

A diferencia de sus compañeros de reclusión, para Carolina los trastornos psicológicos fueron profundos.

Y es que según versiones de Esteban los líderes de la banda acosaban sexualmente a las mujeres, una de ellas, dijo, fue Carolina.

"Yo vi cuando Manuel la manoseó y en cuanto se fue él, ella [Carolina] comenzó a llorar en la cocina y no paraba. Le pregunté que por qué lloraba y me dijo que su mamá estaba enferma. Yo sabía que no era eso, pero ella nunca dijo nada", platicó Esteban, quien es hoy testigo en el juicio contra la red.

Aunque la esclavitud laboral puede ser tan traumática como la sexual, existe otra triste realidad, expresó Kevin Bales, director de Free the Slaves, la agencia antiesclavitud más grande de EU. "Si es mujer y está en la esclavitud, no importa de qué tipo sea, si laboral o sexual, esa mujer, en la mayoría de los casos, será abusada sexualmente".

Refugiada en el hogar de sus padres, dos ancianos indígenas de la tribu Mixe, Carolina convivió con la reportera de ese diario y aceptó hablar por primera vez del infierno que vivió recluida en tierras californianas. Su voz es apenas un susurro cuando aborda el tema del abuso sexual. Lo niega y aprieta fuerte la mano de la reportera, mientras no para de llorar.

"En una ocasión intenté salirme de esa familia y me llevaron a la casa de San José, donde me tuvieron encerrada e incomunicada por ocho días como escarmiento. En esa casa pasan cosas muy feas. A muchas de las muchachas las violan y después las obligan a abortar. Eso le pasó a otras… a mí no", narró.

Por las calles de su pueblo, Carolina presentó a otra joven, como ella, de aspecto humilde y triste.

"Es Irene* —dijo Carolina, apuntando con su cabeza hacia la joven— la conocí en San José. Cuando yo llegué a la casa donde la tenían, ella estaba acostada en una cama porque la habían llevado a abortar... Llegó al pueblo después que yo y venía con una panzota bien grande", dijo.

En sus brazos, Irene cargaba un bebé no mayor de 5 meses.

Aunque ambas mujeres vivieron la misma pesadilla, no se hablan. Sólo se saludan con la mirada. A Carolina, el miedo y la vergüenza le ha impedido narrar hasta a su propia familia el calvario que vivió.

"Ni siquiera puedo ver las fotos de cómo era yo antes de irme a California. Me duele ver en lo que me convirtieron, tengo miedo de todo", dijo Carolina entre lágrimas durante el tiempo en que La Opinión la entrevistó en su hogar en Oaxaca.

El temor y la tristeza que experimentan Carolina e Irene son comunes entre las víctimas de esclavitud.Los efectos que los tratantes ocasionan en sus víctimas son tan profundos que muchas no logran recuperarse.

"Cuando un hombre o una mujer cae en este círculo, hay muy pocas esperanzas de que sanen del todo. Es un sistema muy complejo. Cada víctima reacciona diferente, hay algunas que intentan suicidarse, otras caen en profundas depresiones, aunque existe un factor común en casi todos, ellos son los últimos que saben que son esclavos", dijo Liliana Velásquez, abogada especialista en casos de tráfico de humanos.

Aun en su pueblo, Carolina no ha encontrado del todo la paz que busca. Su temor principal radica en un hombre al que apodan "El Kike", al parecer tío de Paula Luna, quien según Carolina está aliado con la organización para acallar a quienes intentan denunciarlos.

"Ha matado a varios aquí del pueblo, no sé si fueron gentes que se fueron para allá o no, pero aquí todos le tienen miedo. ¿Cómo esperan que yo los denuncie? ¿Para qué voy a abrir mi boca y decir que abusaron de mí, para que me maten y nadie haga nada?", cuestionó Irene.

En California, tras las declaraciones de Esteban, las agencias de asistencia para víctimas de tráfico humano de EU se pusieron en contacto con Carolina y le propusieron recibir un pase para ingresar legalmente al país, así como asistencia legal y psicológica, todo a cambio de que sirviera como testigo protegida contra la banda que la esclavizó.

"Ya no confío en nadie", les contestó y se negó a regresar a EU.

La mañana de ayer, en el Tribunal Federal de San José, el caso de los supuestos traficantes, Carlos y Paula Álvarez, dio inicio.

Esteban no titubea al decir que está listo para enfrentar a los que fueron sus captores.

Las autoridades piden 28 años de prisión para la pareja por lavado de dinero, contrabando de indocumentados y fraude al Seguro Social.

Hasta el cierre de esta edición, Manuel y Lucila, aún siguen libres.

*Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger su integridad personal