MODESTO.— Durante 916 días Carolina* fue esclavizada vendiendo tamales en el Paraíso, una transitada avenida en la ciudad de Modesto donde esta indígena mexicana pasaba hasta 17 horas de frío y cansancio, mientras sus presuntos captores disfrutaban del otro edén, el de la adquisición de casas millonarias, viajes y lujosos carros, fruto del tráfico de personas y el lavado de grandes cantidades de dinero, según el expediente abierto por la Oficina Federal de Investigaciones (FBI).
Junto a Carolina, por lo menos otros 30 indocumentados fueron también presuntamente obligados a trabajar sin salario y bajo amenazas de muerte, según declaraciones de la víctima.
"Échale cuentas, había por lo menos 30 personas y todos trabajaban 17 horas. Sólo por concepto de salarios e impuestos no pagados, el uso de esclavos les llenó a esta gente los bolsillos con ganancias superiores a 1,710,000 dólares al año", apuntó Marissa Ugarte, directora del Corredor Bilateral de Seguridad en San Diego que atiende a víctimas de tráfico humano.
En los días fríos, Carolina narró que ella y otros 11 trabajadores distribuidos en los cruces de San José y Modesto, solían vender cada uno hasta 500 tamales en la calle a dólar.
Sumado a los miles de dólares por ahorro de nómina, cálculos básicos realizados por La Opinión, estiman que los esclavos del Paraíso y de otras avenidas generaron ganancias de venta por más de cinco mil dólares diarios en los fríos meses del invierno.
El resto de las presuntas víctimas, narró Carolina, cocinaban y servían en la red de restaurantes de la familia. "El Jalapeño" en Modesto, "El Naranjo" y "El Mesquite" en San José, todos, propiedad de la supuesta red de tratantes Carlos del Carmen y Paula Luna Álvarez y la pareja compuesta por Manuel Pérez Serón y Lucila Martínez.
Del Carmen y Álvarez fueron arrestados en un operativo sorpresa, la madrugada del jueves 12 de junio, cuando 40 agentes federales rodearon una lujosa mansión ubicada en la ciudad de San José, en tanto, Manuel y Lucila, están bajo investigación, pero al parecer dejaron el país.
"Si no estabas en el restaurante había que vender en la calle y a veces el patrón se agarraba a golpes con los muchachos y les sacaba una pistola para amenazarlos si intentaban huir. A mí me decían que si me escapaba iban a matar a mis viejitos", platicó Carolina.
Para despistar a las autoridades, la víctima comentó que los tratantes infiltraban trabajadores documentados entre sus filas de esclavos e incluso, abrían cuentas de banco a nombre de los indocumentados utilizando números de Seguro Social falsos y los documentos que les habían confiscado al momento que eran reclutados.
Otra artimaña era el envío esporádico de 90 dólares al mes a las familias de los inmigrantes, para no levantar sospechas.
Aunque pasan inadvertidos para la sociedad, cada esclavo se convierte en una razón de peso, y de pesos, para el tratante que ve en un ser humano una simple máquina de hacer dinero, según los expertos.
De acuerdo con los tabuladores del Departamento del Trabajo, en septiembre de 2004 cuando Carolina fue reclutada por la red, el salario mínimo en California era de 6.75 dólares la hora, por lo que la esclavitud de esta indígena representó para sus captores ganancias por 145.13 dólares diarios entre su salario regular y tiempo extra.
Ese modus operandi de explotación convirtió a los líderes de la banda en gente muy acomodada que gozaba de todo tipo de lujos a cuenta de otros.
La vivienda de Del Carmen y Álvarez, donde fueron arrestados, está valorada en 1.7 millones de dólares, en tanto otra residencia a nombre de Paula tiene un precio en el mercado de 2.5 millones. Una tercera propiedad, un local comercial superior al medio millón de dólares, también era propiedad de Álvarez, según datos del Departamento del Registro de la propiedad.
"Lucila era hermana de Paula y entre las dos tenían varias casas donde nos ponían a todos. En una de las casas arreglaron un garaje y ahí nos quedamos de cuatro o cinco por cuartito. Nos levantaban a las cuatro de la mañana para empezar a trabajar y a esa hora también empezaban las humillaciones. La patrona nos gritaba que ni trabajando toda la vida íbamos a poder pagarle lo que había gastado en nosotros. Hacíamos tamales y champurrado y luego salíamos a venderlos a las calles. Nunca me pagaron nada. Si yo necesitaba ropa o zapatos, ellos me los compraban", narró Carolina quien recuerda tan bien esos 916 días, como las noches que lloró calladita sobre el delgado y sucio colchón, en el que fue forzada a dormir hacinada junto a otros inmigrantes.
Y es que, paradójicamente, mientras la sociedad se enfoca sólo en la trata sexual, la mayoría de la esclavitud está en el área laboral y no en la prostitución, afirmó Kevin Bales, presidente de la organización Free The Slaves, la más antigua y extensa de EU.
"La esclavitud está en la agricultura, en las trabajadoras domésticas, en los restaurantes, pero desafortunadamente los medios de comunicación y el público en general aman el sexo, el sexo vende y eso es algo que también debemos combatir", dijo.
Cifras del Departamento de Desarrollo del Empleo de California (CEDD) indican que cada año el estado deja de percibir entre 60,000 millones y 140,000 millones de dólares cada año por diversos tipos de fraude en el pago de nómina.
Jornadas agotadorasEn octubre de 2007, Karla*, hermana de Carolina, llegó a La Opinión pidiendo ayuda por la presunta desaparición de su hermana. Un mes después la joven indígena fue ubicada en Tijuana, donde sus captores la habían abandonado.
Temerosa y dañada profundamente, esta joven indígena regresó a su pueblo con la ayuda de su familia.
En una humilde casa, donde el agua potable y el drenaje es un lujo, Carolina recibió a La Opinión. Ahí narró cómo fue reclutada por una pareja que se hacía pasar por evangelizadores y entre sermones de adoración a Dios convencían a indígenas oaxaqueñas para que fueran a California en busca de una vida mejor.
"Casi todas éramos puras mujeres. Ellos nos ofrecían pagarnos todo si nos íbamos", platicó.
Sin embargo, la red presuntamente también reclutaba campesinos en la ciudad de Puebla, de donde eran originarios los presuntos cabecillas de la red.
Con la asistencia de Carolina, un par de números de teléfono, uno en Puebla y el otro en el condado de Los Ángeles, La Opinión ubicó a Marcos* y Esteban*, dos jóvenes campesinos quienes al parecer también fueron esclavizados por la misma red que reclutó a Carolina y, como a ella, los arrojó a Tijuana después de meses de presuntos abusos físicos y mentales de sus captores, un sistema comúnmente utilizado por bandas centroamericanas y nigerianas que después de hacerse de los documentos de los inmigrantes, los desprenden de su esencia humana para esclavizarlos y después dejarlos en libertad, según autoridades consultadas por La Opinión.
A diferencia de la joven indígena, quien ingresó al país en automóviles por la línea fronteriza, Marcos y Esteban fueron introducidos de contrabando por la región desértica entre California y Arizona dirigidos, según sus testimonios, por el propio Manuel Pérez, quien actualmente está bajo investigación federal pero se presume huyó a México.
Mientras cruzaban el desierto, los sueños de ambos eran trabajar duro para construir una casa a sus padres, narró Esteban, entrevistado en una cafetería de Los Ángeles.
Con apenas 20 años, la sonrisa de este inmigrante desaparece tan pronto habla de los siete meses que vivió secuestrado.
"Llegamos a un McDonald’s de San Diego y ahí nos recogieron para llevarnos a una casa en Los Ángeles y después dos nos fuimos para Modesto y dos para San José. Desde que llegamos, nos encerraron con llave y nos dijeron que hasta que pagáramos lo que habían invertido en nosotros no nos iban a dejar salir. A las mujeres las tenían en otro cuarto.. A veces las oíamos llorar", platicó Esteban, hoy testigo del FBI contra sus captores.
Vía telefónica desde Puebla, Marcos explicó que con frecuencia Manuel reclutaba jóvenes de las rancherías vecinas, hacía grupos de tres o cuatro y los traía a California.
"Una vez llegó uno de los que se había llevado Manuel y le preguntaba ‘y qué, cómo te fue por allá’, pero no me dijo nada, nomás, ‘bien, todo bien’. Un día Manuel me invitó a mí a que me fuera con él, dijo que tenía trabajo y que invitara a un amigo, que él nos iba a pagar todo y que nos iba a ir muy bien, que íbamos a tener mucha lana [dinero]", le contó Marcos a La Opinión vía telefónica desde Puebla.
Tanto Esteban como Marcos despacharon tacos y almuerzos en el puesto de comida ambulante que se ubicaba frente al restaurante, una lonchera que abría sus puertas a las 7:00 de la mañana y cerraba llegada la medianoche.
"Llegué a contar hasta 1,500 dólares en ventas por un día y en nosotros si bien nos iba se gastaban 180 dólares al mes. Por mí, que se pudran en la cárcel", comentó Esteban entre mezcla de dolor y coraje.
_ ¿Creen que hay más esclavos trabajando en el Paraíso?, Cuestionó este diario a las víctimas a mediados de diciembre... Nadie lo dudó.
El sabor de la capturaCon la información de las presuntas víctimas, durante una noche de diciembre, la reportera de este diario visitó "El Jalapeño", propiedad de Manuel Pérez, y donde según Carolina, Esteban y Marcos, trabajaban esclavizados.
Dentro del local marcado con el número 517 de la avenida Paradise en Modesto, Manuel, permanecía parado frente a la caja registradora. Moreno, de rasgos duros, que intentaba disimular con sonrisas. Ese día, vestía impecable: chamarra de piel beige y camisa negra. Sus ropas contrastaban con la humilde vestimenta de los dos cocineros, indígenas, callados, que parecían no pasar de 20 años.
Según Esteban, tres pantalones, cuatro camisas y dos suéteres, era todo a lo que tenían derecho.
Justo a un lado de El Jalapeño, una lonchera callejera despachaba tacos y tortas para llevar. Allí bajo una temperatura menor de 55 grados, otros dos jóvenes se movían diestros preparando las órdenes que no cesaban de llegar.
Mientras esperaba una segunda ronda de tacos, un joven afroamericano platicó que al menos tres veces por semana comía en las pequeñas mesitas instaladas frente a la lonchera.
"La comida es buena, pero lo realmente bueno es que es barata y está abierto a cualquier hora", dijo el comensal.
Tacos por 90 centavos, quesadillas de 1.50 y tortas por menos de tres dólares, atraían como imán a decenas de clientes hasta la calle del Paraíso.
El Jalapeño cerró sus puertas a las nueve de la noche. Serio, de paso firme, Manuel se acercó a otro joven de nombre Carlos, también bien vestido como él y giró algunas instrucciones para luego partir.
Poco antes de la medianoche, una camioneta Chevrolet verde recogió a los empleados y emprendió un recorrido de 15 minutos hasta la residencia marcada con el número 2517 de la calle Margaret. La misma en la que Marcos y Esteban, fueron supuestamente encerrados contra su voluntad, según archivos del FBI.
El barrio tranquilo, lujoso, con casas de 700 mil dólares en promedio.
Todo parecía normal.. Nadie podría adivinar a los esclavos que servían en la calle Paraíso.
(*) Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger su integridad personal.







