"Nadie viene aquí por un masaje; vienen a lo que vienen", dice sin titubeos Kathya, una inmigrante hondureña que trabaja en una sala de masajes de South Gate y quien fue entrevistada por este diario bajo la promesa de no revelar su identidad. "Vienen para tener sexo con nosotras, para pasar un rato", añade con una soltura que ha tenido que adoptar al dedicarse a este "oficio" que adoptó hace cinco años.
Su experiencia (confesó) no es precisamente realizar masajes terapéuticos o tratamientos de aromaterapia, más bien, radica en su disponibilidad de complacer "en todo" a quien lo solicite y que esté dispuesto a pagar por ello.
El precio por media hora de masaje en esta sala es de 40 dólares, o de 60 por una hora. Sin embargo, el servicio "extra" puede ser más alto.
Y casi con una actitud de resignación, esta mujer hondureña, madre de dos hijos que dejó en su natal Honduras, admite que alquila su cuerpo por 100 dólares. Lo que el cliente recibe a cambio es su cuerpo desnudo y dispuesto a complacer todos sus caprichos.
Dice que a diario teme por su salud, que se protege para no contagiarse de una enfermedad venérea o adquirir sida por la naturaleza de su trabajo. El ser arrestada, también le causa un pavor enorme, porque podría significar el retorno a su país.
Sin embargo, con el oficio ha aprendido a identificar a posibles policías encubiertos o investigadores que lleguen a los lugares donde ha trabajado.
El sargento Dan González, de la Unidad de Vicios del LAPD, explica que muchas hablan de "servicios extras", de "finales felices" o empiezan ellas mismas a tocar a sus clientes para indicar la "disponibilidad" de otros servicios.
Kathya admite que ella nunca ofrece "el servicio extra", pero que la mayor parte de los que visitan estos lugares, son quienes lo preguntan sin titubeos y acceden a pagar por dicho servicio.
"La mayoría de hombres son casados, se les nota el nerviosismo; o por la forma en que te miran, te das cuenta de qué es lo que quieren", asegura. "Pero no siempre es así; hay unos que vienen, no te preguntan nada, les das el masaje y se van", agregó.
"Yo estoy aquí por necesidad, nadie me está obligando; no hay trabajos, y con los que hay, no alcanzo a mantener a mis hijos en Honduras y a mi mamá aquí en Estados Unidos", responde Kathya ante la interrogante de por qué no se dedica a otro negocio.
¿Sabe tu familia que te dedicas a esto?, se le pregunta.
"No, nadie. Mi mamá cree que trabajo en una ‘market’, de vendedora", confiesa Kathya, cambiando su mirada a una actitud pensativa.
"Sólo voy a estar aquí un par de años más y después me voy a regresar a mi país", agrega con la mirada triste y con una voz pausada. "Aquí no puedo tener una vida normal. ¿Quién va a querer hacer vida con alguien que se dedica a esto?", se cuestiona a sí misma. "O quién sabe, tal vez encuentro a mi príncipe azul que me saque de aquí".






