Sólo dos cosas son totalmente seguras en la vida: los impuestos y la muerte. Y de la misma manera que siempre tenemos que pagarle al Tío Sam, también la muerte tiene un precio, el cual puede variar mucho según la actitud que se asuma ante lo inexorable.
Si sabemos que un padre o una madre —u otro familiar cercano, o un ser querido cuyo cuidado es nuestra responsabilidad—, podría partir en cualquier momento, es esencial enfrentarse a esa muerte años antes de que en realidad ocurra.
Entonces es conveniente desde entonces pagar la compra del ataúd y los servicios fúnebres más importantes. Si la propiedad del cementerio no existe, hay que empezar a gestionarla, así como aclarar que habría servicios que añadir a última hora.
El porqué es sencillo: el precio de los funerales, como el de cualquier otro producto en el mercado, aumenta significativamente con el paso del tiempo. Planea para fijar el precio del servicio de mañana con los precios de hoy. Ten en cuenta que en este país el costo promedio actual de un funeral tradicional (ataúd, velorio, lote en el cementerio y entierro) es de $10,000.
A las ventajas económicas de la planificación se unen las anímicas. Tomar decisiones al morir un ser muy querido es extremadamente difícil debido a la vulnerabilidad emotiva del momento. Los arreglos funerales deben de hacerse en un momento de fortaleza mental y emotiva para realizar el papel de todo buen consumidor: comprar, no dejarse vender.
Desde ese momento hasta la muerte real del ser querido, sentirá el alivio de saber que las decisiones han sido tomadas con plena claridad mental y sentido común para gastar lo que se estimaba digno dentro del presupuesto familiar y en armonía con los deseos del fallecido.








