Recién nacidos escuchan música a través de auriculares en el hogar maternal del primer hospital privado de la ciudad eslovaca de Kosice-Saca. Foto: EFE.
1/1

Se trata de un sonómetro, con forma de oreja, que advierte e informa del nivel de decibelios que se registra en las salas de las incubadoras.

Según explicaron a Efe los sanitarios que atienden a estos pequeños de pocos días de vida, apartarles de molestos e inadecuados ruidos puede favorecer, y así lo demuestran distintas investigaciones, un correcto desarrollo neurológico.

Esta “oreja electrónica” indica, al igual que hacen los semáforos, a partir de luces de color verde, ámbar o rojo los distintos niveles de ruido que se registran en las unidades de neonatología y muestra un mensaje de “precaución” si se superan los índices considerados “nocivos”.

El aparato, denominado técnicamente “Soundship”, alerta de los ruidos perjudiciales para los bebés procedentes de máquinas o ventiladores y que el adulto no detecta. También el sonómetro se pone en “rojo” cuando las personas que se encuentran en la sala elevan en exceso su tono de voz.

Sin embargo, en el caso de bebés acostumbrados a los típicos ruidos domésticos desde que llegan a su casa no hay mejor opción para que duerman plácidamente que el zumbido de fondo de una secadora o de una aspiradora, o los sonidos de una televisión.

En caso de que el parto del niño haya sido perfectamente normal y la estancia de éste en el hospital no haya pasado de los tres o cuatro días reglamentarios hay que procurar sustituir la “oreja electrónica” por un modelo de actuación que ayude a lograr la tranquilidad del bebé.

Una vez descartada la posibilidad de que el bebé tenga hambre y de que hemos comprobado que el pañal no está sucio, al bebé hay que calmarlo —salvo si el llanto obedece a que le duele algo— al estilo de la vieja guardia, como hicieron nuestros padres y nuestros abuelos. Lo que hoy se llama “ejercitar el lenguaje corporal”.