Reportaje especial EFE — Si un recién nacido se pone a llorar dos horas después de haberle dado de comer, o al poco de haberle cambiado el pañal, no suele ser por capricho sino porque tiene necesidad de algo.
El llanto es la manera innata de comunicarse del bebé y de la intuición de los padres dependerá la correcta interpretación de esas necesidades que está demandando. A partir del año de vida, en cambio, los llantos pueden ser consecuencia de una simple necesidad de llamar la atención por lo que los pediatras recomiendan en esos casos esperar a que el infante se calme procurando mientras tanto hablarle serenamente y con dulzura.
Puede que el niño de pocos días o semanas llora porque tiene frío, o mucho calor, o se siente agobiado por alguna circunstancia externa, o bien porque le duele algo. No debe olvidarse que el nuevo ser está en proceso de habituación a su nuevo ámbito fuera del útero, donde llevaba una existencia feliz y relajada. Este proceso provoca no obstante más tensión en unos bebés que en otros.
Aunque la genética cobra una relevancia especial, existen otros factores determinantes del estrés que pueda evidenciar un recién nacido en esas primeras semanas de existencia, relacionados fundamentalmente con el ámbito y el ambiente que le rodean.
Por ejemplo, el ruido puede constituir un elemento fundamental de perturbación en esa época de adaptación tan delicada. Sin embargo, la medicina ha avanzado en la prevención de este fenómeno perturbador.
Los recién nacidos que se encuentran ingresados en algunas unidades neonatales, como la del hospital Materno Infantil de Granada (sur de España) cuentan desde hace pocos meses con un nuevo elemento: la “oreja electrónica”, que vela contra el ruido y ayuda a los neonatos a reducir el estrés que podrían sufrir durante su estancia en el centro médico.
Se trata de un sonómetro, con forma de oreja, que advierte e informa del nivel de decibelios que se registra en las salas de las incubadoras.
Según explicaron a Efe los sanitarios que atienden a estos pequeños de pocos días de vida, apartarles de molestos e inadecuados ruidos puede favorecer, y así lo demuestran distintas investigaciones, un correcto desarrollo neurológico.
Esta “oreja electrónica” indica, al igual que hacen los semáforos, a partir de luces de color verde, ámbar o rojo los distintos niveles de ruido que se registran en las unidades de neonatología y muestra un mensaje de “precaución” si se superan los índices considerados “nocivos”.
El aparato, denominado técnicamente “Soundship”, alerta de los ruidos perjudiciales para los bebés procedentes de máquinas o ventiladores y que el adulto no detecta. También el sonómetro se pone en “rojo” cuando las personas que se encuentran en la sala elevan en exceso su tono de voz.
Sin embargo, en el caso de bebés acostumbrados a los típicos ruidos domésticos desde que llegan a su casa no hay mejor opción para que duerman plácidamente que el zumbido de fondo de una secadora o de una aspiradora, o los sonidos de una televisión.
En caso de que el parto del niño haya sido perfectamente normal y la estancia de éste en el hospital no haya pasado de los tres o cuatro días reglamentarios hay que procurar sustituir la “oreja electrónica” por un modelo de actuación que ayude a lograr la tranquilidad del bebé.
Una vez descartada la posibilidad de que el bebé tenga hambre y de que hemos comprobado que el pañal no está sucio, al bebé hay que calmarlo —salvo si el llanto obedece a que le duele algo— al estilo de la vieja guardia, como hicieron nuestros padres y nuestros abuelos. Lo que hoy se llama “ejercitar el lenguaje corporal”.
En una primera secuencia hay que pasearle, mecerle y darle palmaditas en la espalda. Tanto la madre como el padre deben hablarle mientras le acunan con alguna canción suave. Tras los arrullos, a veces basta entonces con arroparle convenientemente para que se calme.
Es muy importante también acercar la oreja del bebé a la zona del corazón de la madre, pues está acostumbrado a escucharlo desde que estaba en el útero.
En la unidad de Neonatología del Hospital Universitario de Canarias (España) se utiliza una terapia basada en nanas que tienen como fondo el sonido de los latidos del corazón y que, según la experiencia contrastada hasta la fecha, ayudan a disminuir el estrés de los recién nacidos prematuros.
La pedagoga y presidenta de Prematuros Sin Fronteras, Elena Melián, indicó a Efe que esta terapia se aplica, a propuesta de esta asociación, en varios hospitales estadounidenses, como el Children's Hospital Center de Akron (Ohio), donde se ha constatado que bebés nacidos entre las 25 y 30 semanas de gestación mejoran su estado con esta terapia musical.
Melián aseguró que a estos niños les daban el alta un promedio de doce días antes que a los bebés que no habían escuchado la música.
El seguimiento de unos 70 prematuros sometidos a esta terapia en el centro médico referido permitió determinar que sus frecuencias cardiacas y respiratorias se estabilizaron y aumentaron las saturaciones de oxígeno. Por otro lado, esta terapia favoreció el sueño de los neonatos que se mostraron menos irritables y manifestaron menos rabietas.
Esta terapia basada en nanas suele durar entre 15 y 20 minutos y se suele aplicar dos veces al día introduciendo un pequeño altavoz dentro de las incubadoras, así como en el sonido ambiental para que puedan recibir sus beneficios aquellos bebés que están en cunas térmicas o convencionales.