Hugo Chávez estaba convencido de que éste es un mundo en el que todos los sueños pueden convertirse en realidad.
Un mundo en el que el poder y el dinero son capaces de comprar las más caras fantasías.
Hugo Chávez juraba que podía poner a girar en su alocada órbita a todos los que se le atravesaran en el camino y que quienes se le opusieran serían lanzados irremediablemente al ostracismo político universal.
Pero Huguito no sabía que la realidad siempre supera a la ficción, que el mundo cambió, que ya no es posible tapar el sol con un dedo. Vamos, que ya no se puede "dar atole con el dedo" a todo el que se le ponga al frente.
Entonces, simplemente se estrelló. Algunas de sus fantasías comienzan a hacerse añicos contra la verdad.
Y entonces allí lo tenemos: pidiendo a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que simplemente se desarmen de manera voluntaria y pongan fin a su sangrienta batalla de 44 años.
Su visión, que de seguro estaba empañada, abruptamente se despejó, tanto que se atrevió a decirles que "la guerra de guerrillas pasó a la historia".
Ese mismo Chávez era hasta hace unos cuantos días el más furibundo defensor de la guerrilla colombiana.
No había tenido empacho en pedir a la comunidad mundial que eliminara a las FARC de la lista internacional de grupos terroristas y que la reconociera como una agrupación beligerante.
Entonces nos convencemos, una vez más, de que lo único que podemos predecir de Hugo Chávez es que siempre se comportará de manera impredecible.
A Chávez, que padece de incontinencia verbal, se le olvida que "el que mucho habla, mucho yerra" y allí se encuentra su talón de Aquiles.
Como a él le gusta nadar contra la corriente, siguió defendiendo a pie juntillas a los guerrilleros colombianos, aun tras la muerte de Raúl Reyes, uno de sus cabecillas; aun con las graves revelaciones que guardaban sus computadoras, aun con la deserción de otros altos mandos de las FARC, aun con la muerte de su histórico líder, Manuel Marulanda.
Chávez siempre espera hasta el final: cuando ya todos los astros se alinean en su contra, da su brazo a torcer y endereza el timón.
Pero, claro, no se trata de un gesto magnánimo, tampoco de un acto de contrición ante los deslices cometidos.
No señor. Chávez entiende, aunque a veces un poco tarde, que necesita recular para tomar oxígeno y de nuevo volver a la carga con sus sueños guajiros.
Venezuela tiene una elección en puertas, en noviembre próximo, y Chávez ya entiende que su simpatía por las FARC no despierta precisamente gran entusiasmo entre los venezolanos.
No quiere lucir como un perdedor y resultaba mejor abandonar el barco de la guerrilla colombiana antes de que se hundiera irremediablemente.
Se trata de dar un paso atrás para luego dar dos al frente. Por eso también metió reversa con su draconiana ley de espionaje con la que pretendía obligar a todos los venezolanos a convertirse en una especie de informantes al mejor estilo cubano.
Chávez no tiene un pelo de tonto, aunque a veces es de acción retardada. Quizá ya estaba con el agua al cuello, sobre todo después de recientes versiones que daban cuenta de soldados de la Guardia Nacional venezolana entregando unos 40 mil fusiles AK-47 a los guerrilleros colombianos.
Chávez está dispuesto a hacer cualquier cosa en aras de salvar su pellejo. Que tomen nota sus compinches.






