He seguido con interés las reacciones de quienes han llamado traidor al gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, por dar su respaldo político a Barack Obama, en vez de a Hillary Clinton.

Alegan que Richardson debió de ser leal a los Clinton porque este le dio dos cargos de gabinete en el gobierno de Bill, embajador ante las Naciones Unidas y secretario de Energía. James Carville, un vocero de los Clinton, llamó a Richardson "Judas", por su supuesta traición.

Los críticos de Richardson olvidan, o quizás ignoran, que el gobernador nuevomexicano sí fue, en los momentos que contaban, un leal soporte para Bill Clinton. Uno que fue tratado con la punta del pie cuando ya no hizo falta o él mismo enfrentó malos momentos.

Richardson no era un don nadie cuando Bill Clinton lo incorporó a su gobierno: desde 1982 hasta 1997 había sido congresista de Nuevo México, período en el que se destacó en relaciones internacionales, lo mismo que había estudiado en la universidad.

Paralelamente a su trabajo como congresista y antes de ser embajador ante las Naciones Unidas, Richardson trabajó en misiones internacionales para liberar a soldados estadounidenses y otros cautivos en Irak, Corea del Norte, Birmania, Vietnam, Haití, Sudán y Cuba. Ésas y otras misiones le valieron dos nominaciones al Premio Nobel de la Paz.

Durante los dos primeros años del gobierno de Bill Clinton, Richardson fue su fuerte aliado en el Congreso y actuó como cazavotos para la aprobación del Tratado de Libre Comercio, hoy criticado por la propia Hillary, quien se ha comprometido a renegociarlo, por sus efectos negativos en los trabajadores domésticos (y por el enojo que produce en muchos sindicalistas que ella necesita para elegirse).

Cuando Clinton nombró a Richardson embajador a las Naciones Unidas y luego secretario de Energía, lo hizo sabiendo que Richardson era un hombre capaz, que era latino —ayudándose con ello a lucir bien ante esta comunidad— y que era un muy buen recabador de fondos para el Partido Demócrata y para el propio Clinton.

No obstante las numerosas razones políticas y los beneficios para ambas partes, no sé por qué muchos piensan que Clinton le estaba haciendo un favor y que por eso, Richardson les debe fidelidad hasta la muerte. Sobre todo, tomando en cuenta lo que vino luego.

Siendo embajador ante la ONU, a Richardson le pidieron un "favor para Betty" (la secretaria privada de Bill Clinton) y que le buscara un trabajito en Nueva York a una señorita recomendada.

La señorita en cuestión era Mónica Lewinsky y hacerle el favor a "Betty" o más bien, a Bill, que en ese momento estaba tratando de quitarse de encima a la pasante, le costó a Richardson su credibilidad y una citación para declarar bajo juramento ante el Congreso, en el juicio político contra Clinton.

Aunque nunca se pudo probar que Richardson hiciera nada ilegal o que incluso supiera en aquel momento quien era Lewinsky —la amante del presidente—, lo cierto es que muchos creen que Richardson, quien le ofreció un trabajo en la ONU a la Lewinsky, no dijo toda la verdad ante el Congreso. Es decir, se arriesgó al perjurio por proteger al presidente.

Cuando Federico Peña dejó el puesto de secretario de Energía, y Clinton se quedó sin latinos en el gabinete, sacó a Richardson de la ONU, cargo que Richardson adoraba, para meterlo como secretario de Energía, cosa que parece que no le hacía ninguna gracia.

Pero de nuevo, Richardson dijo que sí y tomó el encargo de Clinton con entusiasmo.

Allí, Richardson se vio con otro escándalo entre manos, la pérdida de unos discos duros que contenían secretos nucleares en el laboratorio de Los Álamos. Mismos que eventualmente aparecieron tras una fotocopiadora, un descuido imperdonable en un departamento que aparentemente, tenía problemas de seguridad desde hace décadas.

Pero como ministro, Richardson pagó el pato y fue humillado por senadores, quienes le aseguraron que nunca más tendría ningún cargo federal. Muchos consideraron en ese momento que Clinton no salió en defensa de su aliado y más bien, se distanció de él.

Eso le costó a Richardson la candidatura a la vicepresidencia junto a Al Gore en 2000, que Gore consideró muy seriamente y que después terminó ofreciéndole a Joseph Lieberman, quien ahora ya no es demócrata y hace campaña con el republicano John McCain. Hablando de traidores.

Aun así, Richardson promovió a Gore y luego a Kerry entre los latinos, prácticamente lo único que hicieron los demócratas para cultivar el voto de la comunidad en esa década, siguiendo la línea de dar por sentado que los latinos no tenemos para donde correr.

En fin, Richardson ha sido un demócrata leal, un clintonista asiduo y una pieza importante para ellos en más de una ocasión, incluso en su propio perjuicio. Pero tanto va el cántaro a la fuente, hasta que se rompe.