El debate sobre reforma migratoria ha comenzado, y ni siquiera hemos empezado a debatir una reforma migratoria. Mientras el Congreso intenta reestructurar el sistema de salud, el tema de la opción pública, que parecía ser el detonante que amenazaría ese esfuerzo, le ha dado paso a uno de los temas más polarizantes de nuestros tiempos: La inmigración.
El periódico The New York Times lo dijo mejor en un editorial reciente. "La inmigración ilegal es como una pólvora política. Se lanza a cualquier debate y explota. La discusión se paraliza porque hay personas que no soportan que se beneficien o reciban servicios quienes consideran no se lo merecen".
Eso es exactamente lo que ha sucedido con el debate sobre la reforma al sistema de salud. Después de llamar mentiroso al Presidente Barack Obama en medio de su discurso, el congresista Joe Wilson --hasta ese momento un total desconocido fuera de su estado de Carolina del Sur-- se ha convertido en un héroe de la noche a la mañana para aquellos que buscaban desesperadamente un arma de alto poder para apuntarla contra el presidente.
Wilson acusaba a Obama de no decir la verdad cuando el presidente reafirmó algo que ha estado diciendo por meses: Que los inmigrantes indocumentados no serían incluidos en su propuesta para reformar el sistema de salud. Wilson basó su ataque en la derrota de enmiendas que requerían verificación de ciudadanía.
El nuevo proyecto presentado por el Comité de Finanzas del Senado incluye esas cláusulas de verificación de ciudadanía y va aún más lejos al no permitir a inmigrantes indocumentados comprar seguros de salud de ningún tipo aún con su propio dinero.
Este debate ya no es solamente sobre si los inmigrantes indocumentados tendrán acceso o no a los seguros de salud subsidiados por el gobierno. Parece ser que lo que realmente quiere un sector ultraconservador de nuestra sociedad es que los inmigrantes que vienen del sur de la frontera no tengan acceso ni a empleos, ni a viviendas o educación, a servicios de emergencia de salud ni a nada que un ser humano requiere.
Como indicó Janet Murguía, presidenta del Consejo Nacional de La Raza, este país no puede permitir que una persona que grite insultos al presidente sea quien dicte la política sobre el cuidado de la salud. Ni podemos permitir que el tono negativo del debate sobre el cuidado de la salud ponga en peligro la tan necesaria reforma a nuestro resquebrajado sistema migratorio.
El debate sobre reforma migratoria ha comenzado, y ni siquiera hemos empezado a debatir una reforma migratoria. Mientras el Congreso intenta reestructurar el sistema de salud, el tema de la opción pública, que parecía ser el detonante que amenazaría ese esfuerzo, le ha dado paso a uno de los temas más polarizantes de nuestros tiempos: La inmigración.
El periódico The New York Times lo dijo mejor en un editorial reciente. "La inmigración ilegal es como una pólvora política. Se lanza a cualquier debate y explota. La discusión se paraliza porque hay personas que no soportan que se beneficien o reciban servicios quienes consideran no se lo merecen".
Eso es exactamente lo que ha sucedido con el debate sobre la reforma al sistema de salud. Después de llamar mentiroso al Presidente Barack Obama en medio de su discurso, el congresista Joe Wilson --hasta ese momento un total desconocido fuera de su estado de Carolina del Sur-- se ha convertido en un héroe de la noche a la mañana para aquellos que buscaban desesperadamente un arma de alto poder para apuntarla contra el presidente.
Wilson acusaba a Obama de no decir la verdad cuando el presidente reafirmó algo que ha estado diciendo por meses: Que los inmigrantes indocumentados no serían incluidos en su propuesta para reformar el sistema de salud. Wilson basó su ataque en la derrota de enmiendas que requerían verificación de ciudadanía.
El nuevo proyecto presentado por el Comité de Finanzas del Senado incluye esas cláusulas de verificación de ciudadanía y va aún más lejos al no permitir a inmigrantes indocumentados comprar seguros de salud de ningún tipo aún con su propio dinero.