Es difícil poner en perspectiva la euforia que está causando en Estados Unidos y en el resto del mundo el inicio de la presidencia de Barack Obama. Dos cosas la explican: una terrible crisis económica mundial y la personalidad de un hombre, muy joven, que nos asegura que el futuro será mejor.

La promesa de Obama es casi religiosa. Más que caudillo, Obama se nos presenta como un salvador (de empleos, de casas, de la paz, de los derechos humanos, de las causas más justas). Y, la verdad, será imposible que satisfaga todas las expectativas que él ha generado.

Pero eso viene después. Ahora es el momento de la fiesta, del cambio, de echar a volar las esperanzas.

No deja de ser increíble que Obama viva en una casa que fue construida, en parte, por esclavos afroamericanos hace más de 200 años. Esta es, para mí, la señal más clara de progreso.

Estados Unidos, en una elección, corrigió un error de siglos. Sí, sigue el racismo y la discriminación en este país, pero la lección de Obama para todos los niños norteamericanos es que si él pudo, cualquiera puede también. (Dudo, sin embargo, que esta lección se pueda aplicar en muchos otros países).

La toma de posesión de Obama me recuerda, también, la alegría de millones de mexicanos cuando perdió el Partido Revolucionario Institucional (PRI) la presidencia en el 2000. El zócalo de la capital era un grito. Terminaban 71 años de gobiernos criminales y autoritarios.

Y cuando Vicente Fox, el candidato del Partido Acción Nacional, salió a reconocer su extraordinaria victoria, la gente le gritaba: "No nos falles". Seis años después, valga la reflexión, Fox le falló a muchos mexicanos.