Alejandro Vega tiene 80 años de edad, pero su mente está nítida. Aún recuerda claramente cómo cruzaba la frontera desde su pequeño pueblo de China en el estado mexicano de Nuevo León a Texas para trabajar en los campos. Tenía 17 años en ese entonces, era fuerte y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para ganarse la vida y ayudar a su familia.

"Había mucho trabajo que hacer", recuerda. "Piscábamos algodón y frijol, elaborábamos en grandes ollas el veneno para matar insectos, y preparábamos el terreno para colocarlo". Era una ardua labor y a menudo se enfermaba por inhalar el insecticida, pero nunca dudó en hacer todo lo que se le pedía. Y nunca se imaginó que tendría que esperar seis décadas para ser recompensado adecuadamente por su sacrificio.

Era el año 1945. Tres años antes los gobiernos de EE.UU. y México habían llegado un acuerdo para permitir a miles de trabajadores cruzar la frontera norte y hacer trabajos en la agricultura y la industria ferroviaria para llenar el vacío en la mano de obra que surgió durante la segunda guerra mundial. Al acuerdo lo bautizaron como el "Programa Bracero".

De acuerdo al trato, los empleadores les quitarían 10 por ciento de su sueldo a los trabajadores, depositarían los fondos en bancos norteamericanos y serían después transferidos a bancos mexicanos.

Se cree que en ese entonces algunos de ellos obtuvieron lo que les correspondía, pero la gran mayoría no lo recibió.

Un grupo de seis braceros entabló una demanda federal en California en 2001 para exigir sus fondos. La perseverancia y la paciencia eventualmente dieron fruto.

Hace unos días se llegó a un acuerdo fuera de corte en el caso colectivo y el gobierno de México, sin aceptar ninguna culpabilidad, acordó permitirle a miles de braceros que viven en EE.UU. solicitar una compensación de 38,000 pesos, el equivalente a aproximadamente $3,500. La mayoría de ellos ahora tienen 80 y 90 años. Sus cónyugues o hijos que les sobrevivan podrán hacer la reclamación.