Salvador Torres en su ferretería, en la 18 Place y Ashland, Chicago. (Foto Fabiola Pomareda/La Raza)
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Esta es la historia de un michoacano que, como él mismo dice, primero fue bracero y después mojado. Cuarenta y cuatro años después de que cruzara la frontera para trabajar en la pizca de limón, Salvador Torres se sienta detrás del mostrador en su ferretería en Pilsen y recuerda esa época.

A los 18 años decidió irse de su pueblo Villa Morales, en el estado de Michoacán, México, hacia Empalme, Sonora, donde funcionaba una especie de campamento en el que los trabajadores esperaban a un contratista que les cobraba $100 para enrolarlos en el Programa Bracero. Era el año 1964. Torres lo cuenta así, en una carta enviada a La Raza:

"Para mí el bracero fue un ser humano maltratado y humillado. Fue alguien que vino a este país por una creciente demanda laboral en los años cuarentas, allá por la Segunda Guerra Mundial. Quizás al principio los braceros fueron bien recibidos, pero a través de los años las cosas fueron cambiando".

"Compañeros y yo experimentamos en carne propia los atropellos. Nos hicieron sentir como basura. Los llamados coyotes reclutaban campesinos en los estados de Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Zacatecas, Guerrero y Oaxaca. Nos cobraban un dinero por adelantado. Ese dinero, la mayor parte de las veces lo teníamos que conseguir con intereses muy altos".

"Los coyotes y algún abogado o empleado del gobierno mexicano se repartían el dinero, una vez que juntaban entre 200 y 300 personas. Nos mandaban a Empalme, Sonora, donde supuestamente iban a llamar nuestra lista, lo que no siempre pasaba".

"En este lugar creo que había 50,000 almas o más. Si los contactos de nuestros coyotes eran buenos, llamaban nuestra lista. Si no, desaparecían con todo nuestro dinero y teníamos que regresar a nuestra tierra natal mugrosos y hambrientos; a veces hasta piojosos, endeudados y derrotados".