Esta es la historia de un michoacano que, como él mismo dice, primero fue bracero y después mojado. Cuarenta y cuatro años después de que cruzara la frontera para trabajar en la pizca de limón, Salvador Torres se sienta detrás del mostrador en su ferretería en Pilsen y recuerda esa época.
A los 18 años decidió irse de su pueblo Villa Morales, en el estado de Michoacán, México, hacia Empalme, Sonora, donde funcionaba una especie de campamento en el que los trabajadores esperaban a un contratista que les cobraba $100 para enrolarlos en el Programa Bracero. Era el año 1964. Torres lo cuenta así, en una carta enviada a La Raza:
"Para mí el bracero fue un ser humano maltratado y humillado. Fue alguien que vino a este país por una creciente demanda laboral en los años cuarentas, allá por la Segunda Guerra Mundial. Quizás al principio los braceros fueron bien recibidos, pero a través de los años las cosas fueron cambiando".
"Compañeros y yo experimentamos en carne propia los atropellos. Nos hicieron sentir como basura. Los llamados coyotes reclutaban campesinos en los estados de Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Zacatecas, Guerrero y Oaxaca. Nos cobraban un dinero por adelantado. Ese dinero, la mayor parte de las veces lo teníamos que conseguir con intereses muy altos".
"Los coyotes y algún abogado o empleado del gobierno mexicano se repartían el dinero, una vez que juntaban entre 200 y 300 personas. Nos mandaban a Empalme, Sonora, donde supuestamente iban a llamar nuestra lista, lo que no siempre pasaba".
EN EMPALME, SONORA
"En este lugar creo que había 50,000 almas o más. Si los contactos de nuestros coyotes eran buenos, llamaban nuestra lista. Si no, desaparecían con todo nuestro dinero y teníamos que regresar a nuestra tierra natal mugrosos y hambrientos; a veces hasta piojosos, endeudados y derrotados".
"Si corríamos con suerte y nos llamaban era un alivio; pero allí empezaba nuestra humillación. Nos llamaban por nombre y apellido paterno. Nosotros teníamos que contestar con el apellido materno. Me imagino que era para ver si oíamos bien. Nos tapaban un ojo y después el otro, preguntando cuántos dedos tenían en la mano. Nos hacían quitar la ropa, amarrarla con el cinturón y ponerla en algún rincón".
"Teníamos que pasar frente a varios doctores. Estaban sentados. Cada cual hacía lo suyo, pero el peor de ellos era el que jalaba ciertas partes; y a tirones, como si fuéramos animales. Nos paraban de cara a la pared y nos agachaban y con ambas manos nos hacían abrirnos mientras un fulano pasaba con una lámpara de mano viendo si teníamos hemorroides".
CRUZABAN POR CALÉXICO
"Nos hacían preguntas de rigor: ¿Cuál era nuestra experiencia en las labores del campo?, ¿Qué plagas atacaban al maíz o al trigo? Nos revisaban manos, pies, espalda; en fin, nos revisaban todo. Querían cayos en las manos, mas no en los pies. Si pasábamos todas estas pruebas al día siguiente salíamos en tren rumbo a Mexicali, Baja California. Cruzábamos por Caléxico soportando a agentes de inmigración déspotas, rayadas de madre, empujones. Nos trataban como si fuéramos criminales".
"Nos llevaban en autobús rumbo al centro, donde nos fumigaban por segunda vez, aunque ya lo habían hecho en Caléxico. En el centro nos sacaban sangre, rayos X, examen físico, como si fuéramos a las Olimpiadas".
"Había un méxico-americano al que le decían 'El Cepillo', que a todos nos hacía la vida imposible. A los hombres jóvenes les decía ‘tu vas para el norte y yo al sur a ver a tu vieja’. Hubo algunos que peleaban con él; pero él era muy fuerte. Así que el otro salía golpeado y tenía que devolverse a México. A los de cierta edad les decía ‘el año que viene usted pinche viejo se queda a cuidar nietos y nueras’".
COMO GANADO
Según contó Torres en una entrevista en su ferretería, la primera vez que se fue de bracero lo contrataron en Santa Paula, California, para la pizca de limón y naranja. Le pagaban a 35 centavos de dólar la caja. El hospedaje estaba incluido pero les cobraban la comida.
"Yo sí salí bueno para pizcar limón, estaba jovencito; del árbol brincaba para abajo", dijo. La segunda vez fue al Valle de Santa Clara, a los campos de tomate, y le pagaban 37 centavos por caja.
"Ya en el centro, en una barraca grandísima conocida como 'La Once', llegaban los rancheros o representantes de compañías para seleccionarnos. Decían ‘este sí, este no’, como si fuéramos ganado. Nos hacían firmar un contrato por seis semanas para probarnos. Si rendíamos nos renovaban el contrato; de lo contrario nos echaban para México".
"Ese no fue mi caso. Yo entré en enero y salí en agosto, a pesar de que era aún un mocoso. Nos metían en casas o barracas en mal estado, con camas viejas casi siempre y colchones sucios. Después venían borracheras, jugadas, peleas, prostitución, enfermedades. Sospecho que hasta nos purgaban o quizá simplemente se trató de trastes mal lavados. El caso es que teníamos que hacer fila para entrar a los baños o ir al monte. Comida mala y cara".
SIN DERECHOS
"Había mayordomos de nuestra raza gritones, 'puchadores', 'madereros', 'barberos' con los patrones. Abusaban de los braceros, a quienes pedían dinero prestado y, para no pagarles, los echaban a México".
"En fin, no teníamos nada de derechos. Nos retaban a pelear porque sabían que teníamos las manos atadas. No sé como pudimos tragarnos tanta humillación".
Don Salvador se casó en México en 1975 y él y su esposa inmigraron después a Chicago, donde se quedaron. Tienen cuatro hijos de los que don Salvador está muy orgulloso. Hoy este ex-bracero tiene su Ferretería Torres, de la que es dueño desde hace 12 años, y el bar-restaurante Caminos de Michoacán.
"Una aclaración para nuestras nuevas generaciones: El bracero nunca fue ilegal. El bracero fue quien vino a hacer el trabajo de los que se fueron a la guerra. No confundamos a los braceros con los mojados, porque yo primero fui bracero y después mojado".