La mañana del martes 11 de septiembre de 2001 amaneció fresca; la temperatura en los bajos 80 grados Fahrenheit anunciaba la despedida del verano. Acariciados por esa brisa, salieron a enfrentar su jornada la ecuatoriana Emma Gaitán, el mexicano Arnulfo Chino y la puertorriqueña Connie Ruiz.
Emma trabajaba en la Torre Norte del World Trade Center (WTC); Arnulfo era mesero en un restaurante cercano a esa área y Connie era jefa de los operadores del servicio de emergencias 9-1-1 en Nueva York. A las 8:46 de la mañana, estaban en lugares distintos, pero sus vidas fueron estremecidas por los efectos del plan que Al-Qaeda ejecutó contra miles de personas.
En LA TORRE NORTE
Memorias.Casi todo lo recordaba la ecuatoriana Emma Gaitán sobre los 18 años que llevaba laborando como asistente administrativa para el New York Metropolitan Transportation Council, situado en el piso 82 de la Torre Norte del World Trade Center (WTC).
Ahora, lo que ocurrió el 10 de septiembre de 2001 la impresionó. "Hubo una lluvia muy fuerte, se oscureció todo porque estábamos en un piso muy alto y recuerdo que salió un arcoiris, precioso. Era la primera vez que veía uno en los años que llevaba ahí".
Atesoró el momento y se marchó a su casa. A las 7:00 a.m. del día siguiente, 11 de septiembre, salió de Queens rumbo a su parada de siempre, la de la calle Cortlandt, situada debajo del WTC. Usualmente llegaba a su empleo a las 8:00 a.m. Antes de ir a su oficina, subió a la cafetería del piso 44 y compró avena para llevarse. Llegó a su lugar, se sentó de espaldas a la ventana, revisando el trabajo que le había dejado su jefe, cuando sintió un impacto tan fuerte, que el edificio se tambaleó. Eran las 8:46 de la mañana y el primer avión chocaba contra la Torre Norte. "Me volteé hacia la ventana y vi que caía una lluvia de todo. La mañana era preciosa, un cielo despejado azul, y de repente todo se nubló".
Como había sobrevivido el atentado terrorista de 1993 contra el WTC, lo primero que pensó fue en salir del edificio: echó a correr, olvidando su cartera. "Cuando corrí hacia la puerta, miré al fondo del corredor, donde estaban las oficinas de la Autoridad de Puertos, y vi las llamas. El humo avanzaba bien fuerte".
Vaciló en tomar las escaleras porque se percató de que había olvidado la cartera debajo de su escritorio. Le dijo a sus compañeros que iba a regresar a buscarla, porque dentro estaban las llaves de su casa y la Metrocard. Entonces, su compañero de trabajo Tony Gawrych la tomó del brazo y dijo: "Vámonos… Tú no regresas".
Gaitán comenzó a bajar las escaleras y se enteró cuatro pisos más abajo que un avión había chocado contra la Torre, pensó que moriría quemada y, como no llevaba la cartera, no iban a poder identificarla."Después comencé a ver personas que bajaban totalmente quemadas: la cara, los brazos, la ropa rota. Tenían la piel como papel arrugado. Se veía que venían con tremendo dolor. Nos hicimos a la derecha para dejarles espacio para que bajaran".
La hora y 10 minutos que tardó bajando se convirtieron en su peor pesadilla. "Iba rezando. Me acordaba de mi madre, de mi hijo, de mi nieta y decía: ‘Dios mío, si pudiera salir de aquí’".
Al llegar al lobby, la policía le dijo que se pusiera los zapatos. Tenía un dolor en las rodillas que le impedía moverse, pero vino un hombre que la levantó y la cargó. "Cuando salí con mis compañeros miré hacia arriba y vi las Torres en llamas".
En los atentados perdió a tres compañeros de trabajo: See Wong-Shom, Charles Lesperance e Ignatius Adanga.
"Después de esa experiencia, cuando abro los ojos por la mañana lo primero que digo es: ‘Gracias, Dios mío, por este día’. Y pienso y rezo mucho por mi familia y por toda la humanidad... Doy gracias a Dios de que no me dejaran buscar mi cartera".
EN LA ZONA CERO
Ironías de la vida. El domingo 9 de septiembre de 2001, el mexicano Arnulfo Chino llevó a su tío Celerino al mirador de las Torres Gemelas. Desde allí contemplaron la ciudad y vieron un avión. El tío le dijo que ese avión podía estrellarse contra las torres, pero él le contestó que eso era imposible."El 11 de septiembre de 2001, me levanté temprano, tomé el tren y cuando estaba llegando a la estación dijeron por los altavoces que no estaba parando en el World Trade Center (WTC) por una investigación policial".
Miembros de Al Qaeda habían estrellado el vuelo 11 de American Airlines (AA) en la Torre Norte, pero Chino no lo sabía. Siguió hacia su trabajo; era mesero en el restaurante Hudson River Club en el World Financial Center, al cruzar la calle de las Torres Gemelas. Cuando llegó frente a la Torre Norte, encontró un grupo mirando hacia arriba a un hueco lleno de fuego y humo. "¡Dios mío!, ¿qué está pasando?... Pensé que se trataba de un fuego normal y que iban a enviar helicópteros a apagarlo".
Entró al lobby de la Torre Norte porque era la ruta que tomaba para cruzar hacia su trabajo y encontró mucha confusión: Una multitud bajaba y subía; policías pedían que se alejaran del área.
"No pude atravesar el lobby, salí, y entonces escuché un gran estruendo y empecé a ver trozos de cristales cayendo. Era el segundo avión que se había metido en la otra Torre y ahí sí que me dio miedo".
Chino se quedó cerca del área, entró a una tienda, compró una cámara desechable y empezó a tomar fotos. Entonces, vio cuando la Torre Sur se desplomaba y una bola de polvo y escombros se abalanzaba hacia él. "Fue en una fracción de segundo. Todos corríamos en todas las direcciones, era impresionante… Sentía que pedacitos de piedras caían en mi cara".
Abriéndose camino en la oscuridad, llegó a un sótano y entró con otras 10 personas. Adentro encontró a otras 30 tratando de salvar sus vidas. Alguien cerró la puerta con una lámina y la gente de afuera tocaba y rogaba que abrieran."El sótano estaba sumido en la oscuridad... Las luces, cegadas por el polvo, se apagaban y se encendían. Todos gritaban, imploraban a Dios. En ese momento pensé que no iba a morir aplastado, pero iba a morir asfixiado, porque ya no se podía respirar. Pensé que teníamos encima parte de los 107 pisos de la torre, y que no iba a salir vivo. Tomé un crucifijo que llevaba en el pecho y le pedí perdón a Dios y le encargué a mi familia… Dentro, todos rogaban por su salvación, otros vomitaban. Una persona comenzó a gritar: ‘Dejen de llorar, todos nos vamos a morir, se nos está acabando el aire’".
Minutos después, todo se calmó, las luces se estabilizaron y se empezó a aclarar la luz de una ventana que daba hacia la calle. La rompieron y el grupo pudo salir. "Afuera no se veía nada. Todos corríamos pegados sin rumbo fijo. Entonces, escuchamos una bocina de una patrulla que decía: ‘Párense ahí, están corriendo en la dirección equivocada’. Todavía no había caído la segunda torre y nosotros caminábamos hacia ella. Entonces tomamos la otra dirección. Cuando se empezó a aclarar, llegué hasta donde está el toro de bronce (estatua frente al NY Stock Exchange) y entonces supe dónde me encontraba".
Siguió corriendo y como su celular no tenía señal, tomó la única moneda de 25 centavos que llevaba y llamó a su entonces esposa, Silvia Marín, con la que tenía dos hijos: Mithzi, hoy día de 17 años, y Christopher, de 13. A su vivienda de El Bronx ya habían llamado unos 70 amigos y familiares preocupados por él. Caminó hasta la calle 14 y llegó a la Asociación Tepeyac, donde le ayudaron.
Hoy día Chino, de 42 años, vive en Port Chester, Nueva York, es empresario de Amway y tiene otra hija, Nazaret, de 8 años.
"Quedé traumatizado con la experiencia, pero contándola muchas veces la he podido superar".
DESDE EL 9-1-1
Todo pasa por algo.
Durante varios de los 28 años que trabajó para el Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de Nueva York, la puertorriqueña Connie Ruiz, "purita de El Barrio", sufrió discrimen por raza y también por sexo. Era una de las pocas mujeres en el cuerpo y la única puertorriqueña. Pero, como dice el refrán, lo que no mata, fortalece.
Entonces, sin saberlo Connie estuvo entrenándose para ese fatídico 11 de septiembre, porque para sobrevivir a ese día y a los 17 siguientes en los que trabajó sin parar, había que tener mucha fortaleza.
"Ese martes, cuando por la mañana me monto en un taxi para salir, me dice el hombre ‘¿no oíste lo que pasó? Que se metió un avión en las Torres Gemelas’. Cuando mire se veía de lejos todo ese bochinche. Llamé a mi jefe y le dije: ‘Bruce, es Connie. I’m going to work’ y él me dijo ‘ven, ven ligero’".
En ese momento arrancó para su centro de operaciones en la 79, entre la 5ta Avenida y Central Park West.
"Tan malo que me han trata’o y mira, yo enseguida le dije al taxista: ‘Cuando pases por ahí en la 80 y pico, párate que voy a comprar bagels, cream cheese y de todo eso’. Yo sabía que iba a ser para largo. Cuando llegué, el cuadro telefónico parecía un árbol de navidad. Bajé las cosas y enseguida empecé a contestar los teléfonos.
La primera llamada que atendió fue la de un hombre que estaba en un piso alto.
"Tú oías el pánico atrás. ‘¿Dígame dónde usted está? ¿Dígame en qué sección?’ le pregunté y él me dijo y yo le decía ‘trate de tranquilizarse que nosotros vamos inmediatamente a darle ayuda’. Nosotros sabíamos que los bomberos estaban, pero no se podía… Los elevadores ya estaban parados (sin funcionar). ¿Cómo la gente iba a llegar ahí? Los bomberos trataron todo lo que pudieron".
Y como esa, le siguieron decenas, cientos de llamadas.
"Aunque te doliera el alma, tenías que tranquilizarte, tenías que tratar de mantenerte, porque si no la persona iba a sentir lo que tú estabas sintiendo y se iba a poner con más pánico. ‘Nosotros vamos a llegar, no se apure, rece’, les decía".
Cuando ya pensaba que la situación no podía ser peor, vino el choque del segundo avión a la Torre Sur.
"Cuando dio el segundo, ahí sí que se terminó la cosa. ¡Ay Dios mío! Empezó la gente a gritar… Cuando dio el segundo nosotros dijimos ‘este mundo se va’… Nosotros estábamos contestando llamadas sabiendo que no podíamos hacer nada. Y los bomberos tratando y tratando… pero era muy difícil. No sabíamos qué estaba pasando".
El trago fue más amargo cuando vieron a través de la televisión cómo caía la Torre Norte del WTC, al tiempo que se silenciaban para siempre los radios de sus compañeros bomberos, muchos de los cuales se reportaron a trabajar aún cuando era su día libre. Todavía lo cuenta y los ojos se le inundan.
"Si nosotros hubiéramos sabido que esas torres se iban a caer, yo creo que el Departamento de Bomberos hubiese escogido otra manera de ofrecer el servicio".
Hoy, 10 años más tarde, siente dolor, angustia por lo vivido. Pero se aferra a su fe y ruega a San Lázaro y a la Virgen del Rosario por consuelo para ella y para todos los afectados.
"Dios ha sido muy bueno conmigo; porque tengo una buena mamá, buena hermana, buen hermano, tengo mis hijos: Tengo vida".
DATO CURIOSO
Hay menos teléfonos públicos en las aceras de la ciudad de Nueva York
2001: 33,000
2011: 13,659
Fuente: NYC Departamento de Información Tecnológica y Telecomunicaciones (DOIIT)






