Primera parte de una serie de tres
TIJUANA, Baja California.— La herida del pie saturada de pus y la fetidez que emana de Sergio González, llega como un golpe que revuelve el estómago.
González es un habitante más del canal de desagüe de Tijuana, una colonia subterránea de inmigrantes, casi todos deportados, que han hecho de las alcantarillas o los huecos en la tierra su nuevo hogar, mientras persisten en cruzar la frontera hacia Estados Unidos.
El lugar es húmedo, plagado de ratas y desechos. Tras las compuertas del desagüe, los migrantes acondicionan llantas sobre las que ponen pedazos de cartón para formar sus camas. Desde estos catres se puede ver la barda metálica que divide las pobres barriadas de Tijuana de los portentosos centros comerciales de San Diego.
A la estrepitosa música que llega desde las cantinas de Tijuana, entre estos charcos de aguas negras, casi siempre se le suman los gemidos de un migrante quejándose.
La madrugada del sábado 17, era Sergio quien se revolcaba de dolor. Casi un mes atrás se encajó un clavo en el talón del pie y hoy la herida es del tamaño de una pelota de golf saturada de pus.
"Aguanta, yo sé que te duele, pero ya casi acabo", le recomienda Rafael Hernández, de la organización Ángeles del Desierto, un grupo que al menos una vez por mes visita esta zona para curar y alimentar a los migrantes.
Pero Sergio suplica que pare. El dolor es insoportable. Sus compañeros lo sujetan, mientras ven brotar el pus de su pie. Otrosprefieren observar la escena desde lejos.
Todos acaban de comer torta de frijoles, una bebida de atole de arroz que los voluntarios de Ángeles del Desierto les acaban de dar. Ninguno muestra sentir náuseas, estas escenas y otras peores les han tocado vivir.
"Una vez sacaron a un muchachito que llevaba varios días muerto en la alcantarilla y nadie se había dado cuenta", explica Carlos Fajardo, un mexicano deportado de San Diego.
Los gritos de dolor de Sergio atraen a otros migrantes. En fila esperan su turno para que los curen.
"Viven completamente abandonados. Aunque intentes ser fuerte, te parte el corazón ver en qué condiciones están", explica Hernández.
Uno, otro. A lo largo de toda la noche, como sombras vacías en medio de una espesa neblina, salen los migrantes de las alcantarillas.
Cuando la luz de los automóviles los iluminan, se pueden ver las infecciones de su piel o las abultadas inflamaciones en brazos y piernas causadas por compartir jeringas o inyectarse mal la heroína, una droga que en estos desagües abunda.
"La verdad es que yo nunca imaginé que viviría algo así", cuenta Luis Guzmán.
Hace dos meses lo deportaron de Santa Ana y ahora vive en un hoyo que cavó en la tierra y en el que debe dormir casi en posición fetal porque no hay espacio para estirar las piernas.
Las autoridades migratorias lo arrestaron justo frente al departamento donde vivía con su esposa y sus niña de tres años. Ahora, ambas desconocen las condiciones en las que está viviendo.
"Me da vergüenza decirles, prefiero cruzar y hablarles cuando ya esté del otro lado", expresa.
Pero el cruce no llega. Luis ha sido arrestado y repatriado en nueve ocasiones. En cada intento el desaliento es más profundo.
Ahora, sus múltiples detenciones forman parte de los reportes de la Patrulla Fronteriza de este sector de San Diego, cuyas cifras que indican que hasta el 31 de septiembre 162,390 inmigrantes habían sido arrestados intentando cruzar la frontera.
"Yo voy a cruzar, tengo que regresar con mi familia", dice Luis, quien hace 11 años emigró por primera vez desde su natal Acapulco en dirección al sur de California.
Entre la colonia de deportados también se encuentran mujeres. Silvia Ruelas habita cerca de las compuertas del desagüe, casi al fondo de una pestilente alcantarilla. Llegó deportada de San Diego hace siete años y en ese canal conoció droga, un vicio que ahora es para ella como un gran imán que la ha hecho perder hasta el interés de regresar a Estados Unidos y recuperar a sus tres hijos.
"Ya renuncié a ellos. Este es mi equipo, ellos son mi familia", dice mirando hacia la fila de migrantes que se han congregado para pedir que les regalen comida, muy cerca de los que esperan ser curados.
"Lagrimita", un hombre avejentado, flaco y sin dientes, es quien lleva más años en esas alcantarillas, 11 en total, dice.
"Aquí todos llegan queriendo cruzar, pero con lo duro de la pasada se van quedando, se van quedando y ya nunca se van".
La policía ha tratado de ahuyentarlos prendiéndole fuego una y otra vez a sus pertenencias.
Consideran a este lugar una franja nauseabunda de drogadictos, enfermos mentales, deportados o nuevos inmigrantes que comparten la esperanza de alcanzar el "sueño americano".
Cerca de las cuatro de la madrugada, los migrantes comienzan a bajar de nuevo hacia su mundo subterráneo. Esa noche, al menos, dormirán sin hambre.
Muchos se encaminan hasta la barda de metal, quieren aprovechar la espesa neblina de esa noche para intentar burlar a las autoridades migratorias una vez más. Algunos lo lograrán, pero es un hecho que al amanecer otros nuevos inquilinos habrán de llegar.
Lea mañana la segunda parte: "Secuestros en la frontera"