Hace sesenta y nueve años, en un pequeño y humilde rancho de Huentitán el Alto, del estado de Jalisco, México, una noche fría y lluviosa con los cielos abatidos de estrellas dio la bienvenida a Vicente Fernández, un ídolo de la canción ranchera.
Nadie lo supo en ese entonces; nadie lo pudo haber presagiado. Pero con el transcurso del tiempo todo el mundo -dentro y fuera del país azteca- conoció el nombre, que hoy en día es sinónimo de la música tradicional mexicana.
Por su interpretación de temas como La ley del monte, Por tu maldito amor, Hermoso cariño, Las botas de charro, La diferencia, Acá entre nos, De qué manera te olvido, por nombrar sólo algunos –además del sentimiento que le impregna a cada uno de estos- ha recibido numerosos reconocimientos a lo largo de su carrera, incluyendo una estrella en el Paseo de la fama de Hollywood y múltiples nominaciones al premio Grammy.
Posiblemente el obsequio más notable viene de afuera de las instituciones conocedoras; es el cariño que sus seguidores le entregan a manos llenas. Acuden a sus conciertos como si la asistencia fuera obligatoria; compran sus discos por millones y corean sus canciones con un trago de tequila y a todo pulmón.
PRIMEROS PASOS
No obstante, "El charro de Huentitán", como también se le conoce, no siempre gozó del mismo éxito y eso es parte de su encanto. Su padre fue un ranchero; su madre, una ama de casa. Abandonó la escuela en el quinto grado para ayudar al sustento de la familia. De joven, trabajó como lavaplatos, mesero, albañil y limpiabotas. Se ganaba unos pesos extras ofreciendo serenatas.







