Una cosa es como nos vemos a nosotros mismos y otra es como nos miran los demás, muchas veces caemos en el error grave de vernos como personas fracasadas, que no servimos para nada, o que todo lo que hacemos nos sale mal, de hacho, nos hemos convertido en nuestros propios verdugos.

Hace algún tiempo hablaba con una persona que llegó a mi oficina pidiendo oración para conseguir trabajo, porque para él era un imposible, pues aparentemente, tenía más de cuarenta años y no hablaba mucho inglés, por lo tanto sus posibilidades de conseguir trabajo eran muy remotas.

Este hombre tenía una visión muy pobre de sí mismo y lo que le aconsejé fue que primero cambiara su propia visión, de lo contrario nunca saldría adelante, le dije que Dios lo veía diferente, como un hijo suyo, por lo tanto, heredero de todas las promesas; que recordara que al Señor no le gusta ver a sus hijos derrotados, sino de triunfo en triunfo mediante Jesucristo.

La verdad somos hijos del gran Rey y no esclavos, le recomendé que fuéramos a las escrituras en Mateo 7:7 "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá" y que la repitiera cuantas veces fuera necesario, hasta que entraran en su corazón y cambiarían la visión tan probre que tenía de sí mismo.

Este hombre se fué de mi oficina y no pasaron tres dias, cuando recibí una llamada telefónica, había una persona que no hablaba sino que gritaba y me decía: Pastor lo logré, lo repitió muchas veces hasta que se calmó y me comentó que ya tenía trabajo, me dijo que se veía como Dios lo veía, que su imagen había cambiado, era otra persona, ya no se veía como un derrotado sino como un triunfador.