(FOTO: ImpreMedia)
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Hace unas semanas fui invitado a una ceremonia— de las cuales hoy en día las hay muy pocas—, una pareja de matrimonio estaba celebrando cincuenta años de casados y querían renovar sus votos.

Deseaban prometerse nuevamente, fidelidad, estar juntos en las buenas y en las malas, en la prosperidad y en la escasez, en la salud y en la enfermedad . La verdad me impresionó mucho ver como han respetado sus promesas a través de todos estos años, han cumplido sus votos, dieron su palabra. Qué gran enseñanza nos da este matrimonio en un mundo donde la palabra de una persona ya no vale, el "sí" se ha convertido en un tal vez, quizás, de pronto. Parece que el cumplir la palabra es parte del pasado, de la historia, en donde las personas se comprometían a hacer algo y lo cumplían por encima de todo, sin necesidad de documentos, ni testigos. Que triste que hoy día cuando las personas hacen cualquier tipo de negocios, necesitan de un abogado, firman un documento que tiene que ser autentificado ante un notario y por lo general con varios testigos y ni así lo cumplen.

Nuestro Dios en muchas ocasiones ha hecho votos con el hombre, y lógicamente los ha cumplido. Traigo a la memoria uno de los principales votos que haya hecho, como fue en la época de Noé, el Señor se había arrepentido de crear al hombre porque veía en él mucha maldad y por esto inundó la tierra, pero después que esto sucedió prometió que nunca más lo volvería a hacer, dio su voto, su promesa. Vemos en Génesis 9, 16: "Estará el arco en las nubes y lo veré y me acordaré del pacto perpetuo entre Dios y todo ser viviente, con toda carne que hay sobre la tierra". La verdad es algo extraordinario ver este arco de varios colores en una precisión majestuosa reflejándose en el horizonte, como si se tratara de un oleo, pintado por el mejor artista del momento, pero es para recordarnos del pacto o voto que nos hizo.