Vivimos en un mundo en que vamos a una velocidad vertiginosa. No hay tiempo para nada. Ya el 2009 está a la vuelta de la esquina, todo va pasando muy rápido. No hay tiempo ni para comer, veo como los restaurantes de comida rápida son los que más venden, en donde las personas hacen su pedido y muchas veces se van comiendo en su automóvil porque no hay tiempo que perder. Vemos como en las grandes ciudades la gente tiene que caminar, casi corriendo, todos van de afán como si estuvieran viviendo su ultimo día.
De igual manera lo estamos viviendo en nuestra vida espiritual en donde tampoco tenemos tiempo para Dios, el dador de la vida. Las oraciones nuestras, si es que las hacemos, no duran más de un minuto y siempre nos limitamos a pedir por nuestra necesidad más importante y pensamos que con esto ya es más que suficiente.
Hace unos días, me encontré con una persona que había estado asistiendo a nuestra iglesia y no regresó más. Me dijo con una sonrisa de oreja a oreja que estaba muy contento porque había encontrado la iglesia de sus sueños. Admirado le pregunté cuán diferente a la nuestra era, a lo que contestó que los servicios no duraban más de treinta minutos, se cantaba algún himno y el sermón no duraba más de diez minutos, daba una pequeña ofrenda, se saludaban todos y se daba por terminado el servicio y que por esta razón el estaba muy contento.
Qué triste escuchar estas historias y saber que esta modalidad está invadiendo nuestra sociedad, en donde no hay tiempo para Dios y nos engañamos a nosotros mismos, creyendo que estamos haciendo lo correcto y en donde nos dicen que estamos haciendo bien, con tal de que vayamos a una iglesia.








