El guiso es una receta fácil de cocinar y especial para los tiempos de crisis.
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Madrid/EFE — En tiempos difíciles, de crisis, la gente se acuerda de que no sólo de solomos está hecha la res, y vuelve sus ojos a piezas de menos precio, pero de mucho sabor. La casquería, que ha sido llamada tradicionalmente ‘el quinto cuarto’ de la res, ha reaparecido en cartas y mercados.

El problema es que hay gente, y no poca, a la que la idea de comer vísceras como riñones, mollejas, sesos, hígado, lenguas o tripas le hace muy poca gracia; vamos, que hay personas que son visceralmente incapaces, y nunca mejor dicho, de comer esas cosas. Por fortuna para ellas, no toda la casquería es interna- hay una casquería, digamos, 'periférica' o externa que no suscita tantos rechazos.

Son cosas como las manos de cerdo, los pies de ternera, las orejas de cerdo, los morros de vaca... y, sobre todo, las colas de ganado vacuno. En España, durante la temporada taurina, la cola —o rabo— por definición es la de toro de lidia; la cola de toro al estilo sevillano o cordobés es un plato muy tradicional y muy apreciado, por su sabor y su textura melosa. Es un auténtico guiso, de esos que brillan por su ausencia en la cocina mediática de ahora mismo.

Ocurre, claro, que toros de lidia no hay muchos, y cada uno cuenta sólo con un apéndice caudal; hay mucha más demanda que oferta. De modo que abunda la cola de buey —no confundir el guiso con la muy británica ‘oxtail soup’— e incluso la de vaca y las de novillos y terneros. No son lo mismo, pero también pueden dar muy buenos resultados. Un amigo mío, sevillano de adopción, se lamenta de que desde que la población de tábanos ha disminuido de modo espectacular, esas colas no son lo que eran, porque ni vacas ni toros las mueven con la frecuencia con la que lo hacían antes para espantar tan molestos insectos. Puede ser, no digo que no.