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Levántate del suelo! te vas a enfermar, ese piso está asqueroso", vociferó una señora a su hija de 3 años, mientras yo esperaba en fila para pagar en la farmacia.

Estos gritos los oímos a diario en lugares públicos como parques o centros comerciales. Es lógico que los padres no quieran que sus hijos se ensucien, o peor aún que se enfermen con bacterias que hay en sitios tan concurridos. Sin embargo, cualquier doctor les diría: "no se sulfuren tanto señores, si los pequeños agarran una gripe o algún otro virus, eso les ayudará a reforzar su sistema inmunológico y podrán combatir con éxito otras enfermedades en el futuro".

El alarido de la señora me recordó la actitud súper protectora de algunos padres. Me refiero a aquellos que se ponen histéricos no solo con la mugre, sino con el llanto o el esfuerzo de sus hijos.

Por ejemplo, hay quienes se les ponen los pelos de punta cuando un hijo quiere ir de camping, subirse a un árbol o andar en patineta. Incluso hay madres que para no ver a sus hijos renegar o batallar, asumen responsabilidades como hacerles las tareas, tenderles la cama, y hasta resuelven los problemas que ellos podrían solucionar por sí mismos.

Estos padres que tratan a sus hijos como si fueran de porcelana cometen un error garrafal. Al impedir que pasen por situaciones difíciles y superen obstáculos, les alteran su desarrollo natural.

Es como cuando la mariposa "forcejea" y "patalea" para abandonar el capullo. Este jaloneo es vital para que la mariposa desarrolle fuerza en sus alas y logre volar victoriosa. El que desconoce este proceso creerá que el insecto está sufriendo y agonizando. Los más protectores, en vez de observarla, querrán quitarle la envoltura para resolverle el "problemita", y no se dan cuenta que al intervenir en vez de ayudarla, la perjudica. Esto mismo sucede con el desarrollo de tus hijos, cuando los sobre proteges ¡les rompes su capullo y truncas su futuro!