La llegada a la presidencia de Barack Obama presagiaba la posibilidad de un acelerado retorno de las tropas estadounidenses desplegadas en Afganistán e Irak. Sin embargo, los últimos desarrollos en las dos naciones echan por tierra estas esperanzas y los pronósticos optimistas.
El mes de agosto, por ejemplo, ha sido uno de los peores —en cuanto a las bajas de la coalición internacional —, elevando el número de estadounidenses muertos a 726 y de ellos 45 solo en agosto. Los ocho años de guerra —desde el ataque del 9/11— no han provisto estabilidad. Por el contrario, la distracción de Washington con Irak y la incompetencia del gobierno afgano de Hamid Karzai para establecer control territorial han contribuido al refuerzo del Talibán.
Los 68,000 efectivos estadounidenses actuales hoy son insuficientes y se han solicitado mas tropas. La meta es una victoria a través del combate al extremismo islámico y lograr el respaldo de la población al gobierno de Kabul mediante ayuda y obras públicas. La elección del pasado 20 de agosto tiene a Karzai por delante, pero las denuncias de fraude electoral no lo ayudan.
Irak, por su parte, ha sufrido cuatro atentados explosivos con más de 210 muertos desde el 30 de junio, fecha en que las tropas estadounidenses salieron de la capital Bagdad. El calendario establecido indica que para agosto del año que viene quedará un remanente de cerca de 50,000 efectivos hasta su salida en el 2011.
Estos planes siguen vigentes, pero quedarán comprometidos en la medida que el gobierno de Nouri Al-Maliki no pueda garantizar la seguridad pública y una paz entre las distintas corrientes religiosas.
Jóvenes, padres y madres están cumpliendo sus órdenes en estas naciones y estamos orgullosos de ellos, aunque preferiríamos que estuvieran junto sus seres queridos en nuestro suelo. Para eso, el panorama, por ahora, no pinta bien.




