En 1986, cuando se aproximaba la votación en el Congreso de un controversial proyecto de reforma integral de inmigración, demócratas y republicanos llegaron a un acuerdo.
Este acuerdo consistía en lo que debería incluirse en la ley y lo que debía quedarse afuera. El proyecto de ley se estaba debatiendo en el Congreso desde 1982, gracias a un consenso entre legisladores de ambos partidos que le dio el empuje inicial a una reforma que entonces una mayoría consideraba necesaria, incluyendo la Casa Blanca.
Hoy en día el tema es una reforma integral de salud. Pero el proceso no se parece en nada al descripto arriba. Y esto por varias razones.
La Casa Blanca permitió que el proyecto de la Cámara de Representantes fuera el plan de reforma de salud, más de mil páginas repletas de un vago vocabulario legal. El aporte de la Casa Blanca fue que quería ese proyecto de ley aprobado antes del receso congresional de agosto. Eso no sucedió y tampoco sucedió el bipartidismo.
Por eso trajimos a colación lo que ocurrió con el proyecto de inmigración hace 23 años. El intenso debate bipartidista previo a la sanción de la reforma de inmigración garantizó que ambas partes incluyeran o excluyeran del proyecto diversas provisiones. Esto no ha sucedido con el plan de reforma de salud.
Lo que ha sucedido es que durante el receso de agosto, cuando los congresistas regresaron a sus distritos, se encontraron con constituyentes confusos y también ruidosos.
Un proyecto tan vasto como la reforma de salud no puede aprobarse sin bipartidismo, aunque en este momento los demócratas tienen la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Aprobar el proyecto solamente con el voto demócrata invitaría a los republicanos a intentar anularlo o modificarlo drásticamente cuando en algún momento estén en mayoría.






