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REPORTAJES/EFE — Los radicales libres pueden tener efectos beneficiosos para la salud, pues su amplio poder abrasivo destruye virus y bacterias causantes de patologías difíciles. Sin embargo, las defensas siempre deben estar en situación de alerta para contrarrestar los efectos perversos de las moléculas desparejadas que operan en cuestión de décimas de segundo en busca del electrón que necesitan, y que roban a las moléculas normales, convirtiéndolas a su vez en radicales libres.

La aparición de radicales libres en nuestro cuerpo puede deberse tanto a causas internas como externas. Un sobreesfuerzo físico —lo que se denomina “estrés oxidativo”—, una fatiga crónica o una alteración metabólica figuran en la nómina de causas internas, mientras que las exógenas pueden obedecer a la contaminación ambiental, a una excesiva exposición a productos tóxicos o radiaciones solares, a una alimentación anómala o al consumo excesivo de excitantes, como alcohol y tabaco, y de fármacos.

No deja de ser paradójico que el ejercicio físico excesivo pueda ser fuente de generación de radicales libres cuando lo normal era creer que debía de ser lo contrario. La razón estriba en que si la persona no está bien entrenada, al consumir mucho oxígeno se producen las moléculas desparejadas que son responsables de la oxidación y el desgaste de las moléculas básicas en la vida de la célula.

Así, los carbohidratos, los lípidos, las proteínas y los ácidos nucleicos alteran las estructuras de la célula cambiando sus funciones, lo que provoca un envejecimiento de aquella y puede llegar incluso a destruirla.

La cuestión es clara: el oxigeno que necesitamos para vivir también nos desgasta.